SANTA ÁNGELA DEL CERRO

Los papagayos se elevaban sobre las colinas erizadas de ranchos. Pequeños ingenios hechos de bolsas plásticas y palitos entrecruzados revoloteaban entre la brisa de la tarde. A lo lejos atardecía sobre el mar. En las colinas de La Guaira, donde había que subir centenares de peldaños para llegar a las míseras casas, los niños se divertían elevando sus cometas caseros, tratando de evitar que se enredaran en los cables de la luz o en las antenas de televisión. Un grupo de muchachos correteaba en bandadas detrás de los dueños de los papagayos. Los mayores protagonizaban, con la seriedad del caso, un encarnizado duelo aéreo, se abalanzan unos contra otros para ver quién caía. Los más débiles se venían a tierra entre el alborozo de la muchachada. Sólo quedaban dos papagayeros: uno gordo y alto y otro flaco y bajito. Ambos vestían sólo shorts y calzaban sandalias de goma. Se desplazaban con agilidad buscando chocar sus papagayos que se empinaban furiosos al cabo de largos hilos. Los pequeños aeroplanos golpeaban sus leves fuselajes, se encabritaban, subían y bajaban manejados con pericia por los pilotos. Finalmente, un golpe de viento los llevó a fundirse en el último abrazo: las colas se enredaron y las estructuras se pegaron, negándose a seguir obedeciendo órdenes de tierra. Los papagayos cayeron en picada allá, a lo lejos, en el vertedero de basura que había en el terraplén donde terminaba abruptamente la parte plana del cerro, donde ya nadie construía porque cada vez que llovía el agua se llevaba los ranchos como si fueran barquitos de papel. La gente del cerro echaba allí su basura pues no había camión de Aseo Urbano que llegara hasta lo más alto. Hacia allá corrieron los muchachos, a rescatar los papagayos discutiendo quién había tumbado al otro, cada quien intentando ganar las apuestas transadas por los demás. Debían bajar con cuidado pues era muy empinado y además la ladera estaba cubierta de basura. Había de todo, desde bacinillas desfondadas hasta lavadoras oxidadas y, por supuesto, zamuros que los niños espantaban a pedradas. Pero para muchos de ellos, el vertedero era harto conocido pues había sido su lugar habitual de juegos desde que eran tripones.
No vieron bien dónde habían caído los papagayos enredados, pero siguieron las sinuosas líneas trazadas por los blancos pabilos y finalmente los consiguieron detrás de una nevera destrozada. Cuando se acercaron para levantarlos fue grande su sorpresa pues los papagayos habían caído sobre el cuerpo desnudo de una mujer blanca y rubia, que yacía medio tapada por bolsas de basura y desperdicios.
–¿Está muerta? –preguntó el gordo.
–Parece dormida –dijo el niño delgado.
–Parece un angelito –dijo Yecsy.
–¡Abuela, abuela! Manda decir Yony que vaya al basurero.
–¿Qué? ¿Qué dices, muchacho? Yo no estoy para ir a ningún basurero.
–Venga, venga. Consiguieron una muerta –dijo el pequeño jalando el delantal de Omaira.
–¿Una muerta? Válgame Dios, lo que me faltaba. Betzabé –dijo dirigiéndose a una mujer pequeña y oscura que cargaba un bebé en brazos–: Cuídame a los chiquitos y voltea las arepas de aquí en un rato, no se me vayan a quemar.
–Cuidado, Omaira. Estás muy vieja para meterte en problemas –dijo muy seria.
Con cierta dificultad, y tomada de la mano del niño que había ido a avisarle, Omaira se dirigió al vertedero. Bajó lentamente, ayudada por el niño, procurando no resbalarse y caerse. Finalmente vio la nevera desechada y detrás de ella, el grupo que rodeaba a la supuesta muerta. Los chicos se apartaron para dejarla pasar. Cuando llegó donde ella estaba, un sentimiento de pudor la llevó a quitarse el delantal y cubrir lo mejor que pudo a la mujer. Recordando sus viejos tiempos de enfermera le buscó el pulso. Lo tenía, aunque apagado.
–Esta mujer está viva. Tenemos que llevarla a la casa.
Omaira La aferró por debajo de las axilas y los dos niños mayores cargaron cada uno con una pierna. En realidad no pesaba mucho, era muy delgada. Cuando la levantaron, vio que tenía en la cabeza una herida y un poco de sangre seca pegada al rubio cabello.
Poco a poco ascendieron la cuesta y finalmente llegaron a la casa. Una vez dentro, pidió a los niños que la colocaran sobre una colchoneta que Omaira tenía en su pieza, separada de la sala por una breve cortina de tela, la misma que usaba para que los pequeños tomaran la siesta. La cubrió con una cobija así, en la misma posición fetal en que la había encontrado, y pidió a los niños que se fueran. Luego llamó a Betzabé y le pidió una jofaina llena de agua, una toalla y el botiquín de primeros auxilios, una caja de zapatos donde guardaba los utensilios menores para atender las emergencias caseras. Comenzó a lavarla, empezando por la cabeza. La herida que tenía en un costado era profunda pero no grave. Dedujo que se había golpeado, o la habían golpeado, con un objeto contundente. Una desinfección con agua oxigenada y colocarle una gasa con adhesivo bastarían por los momentos para curarlas.
Tras lavar su cuerpo observó la blancura de la piel, que dejaba ver una trama de venas azuladas. Recordando antiguas prácticas aprendidas en el hospital de Pariata donde sirvió tantos años, la palpó y tocó en diversas partes para comprobar que no tenía ningún hueso roto o hemorragias internas. Al parecer sólo la afectaban el golpe de la cabeza y algunas laceraciones en la piel, producto tal vez de la caída tras el golpe, que sin duda explicaba el desmayo o lo que fuera que la mantenía en ese estado comatoso. Omaira había visto en el hospital personas en coma producto de accidentes automovilísticos o de traumatismos, y sabía que no había un periodo fijo de recuperación. Una persona en coma podía despertar en horas, en semanas o en meses. Mientras tanto había que nutrirla con suero, para lo cual tenía que implantarle una vía endovenosa. No tenía ni el suero ni el instrumental necesario para hacerlo. La dejó ya limpia, arropada con la cobija y le pareció que, efectivamente parecía un ángel durmiendo, tanto por la expresión plácida como por la respiración acompasada.
Omaira corrió la cortina y miró a los niños. Estaban todos sentados a la mesa comiendo las arepas que les había servido Betzabé hacía un momento. No sabía bien qué hacer con la desconocida. Si llamar a la policía o buscar algún médico. La primera opción fue inmediatamente rechazada: no tenía saldo en su teléfono celular y además la policía no subía hasta el cerro, considerado zona roja por ser guarida de narcos y criminales diversos. En cuanto a la segunda posibilidad, el ambulatorio más cercano estaba al pie de las escaleras del barrio. Llamó a Yony y a Fredy, los muchachos mayores, y habló con ellos en voz baja, evitando que los demás la escucharon.
–Mijos, bajen al ambulatorio y pregunten por el doctor Cienfuegos, que es amigo mío. Díganle que aquí tengo a una mujer en estado comatoso.
–¿En estado qué? –preguntó Fredy.
–En coma, chico. ¿Tú como que no ves Sala de Emergencia? –respondió retador Yony.
–¡Ya está bueno, ya! Díganle que tengo aquí una mujer herida y que no puedo moverla hasta allá. Que necesito que la vean. Que venga él o que mande alguien. Pero díganle que es de parte mía, ¿okey? Y es para hoy, no vuelvan sin un médico.
–Bendición abuela –dijeron al unísono, arrodillándose frente a ella.
–Dios me los bendiga, me los cuide y me los favorezca, de la culebra los proteja, del demonio que acecha los resguarde, de los males los libre y a los bandidos los elimine –dijo poniéndoles las manos en las cabezas, tras lo cual salieron disparados escaleras abajo.
Al cabo de media hora los niños volvieron con un hombre joven que portaba un maletín y se identificó como Tovar, paramédico. Había subido pues el doctor Cienfuegos no se encontraba. Omaira pidió a los niños que se fueran. El hombre entró al cuarto y revisó a la mujer, coincidiendo con Omaira en que se trataba de un coma seguramente causado por la herida en la cabeza.
–Bueno, por los momentos no podemos hacer nada sino nutrirla. Le pondré suero fisiológico.
El hombre intentó ponerle la vía endovenosa pero no era hábil con la aguja.
–Permítame, yo fui enfermera. Eso es como montar bicicleta, no se olvida.
En pocos segundos, Omaira le consiguió una vena del brazo y le colocó correctamente el catéter.
Tovar sacó del maletín una bolsa de solución glucosada.
–Disculpe, pero no sabemos si la paciente es diabética.
–Tiene razón, mejor le administramos una solución salina.
Omaira buscó acomodo a la bolsa colocándola colgada de un clavo en la pared.
El paramédico le sacó sangre a la mujer, que colocó en un tubo de cristal.
–Necesitamos hacerle un análisis para saber a qué atenernos. Mandaré la muestra al laboratorio. Mientras tanto es mejor no moverla, además no tenemos cómo. La ambulancia está echada a perder. Estamos esperando el repuesto. Podríamos bajarla al ambulatorio pero sería lo mismo. Allí no podemos hacerle radiografías.
–Yo me ocupo de ella.
–No podemos saber cuándo se despertará. Confiemos en que sea pronto y que el daño no sea mayor.
Tovar se despidió y salió como si tuviera prisa en llegar a otro sitio.
“Este se cree doctor”, pensó Omaira. Ella tenía la intuición de que era mejor que la desconocida se quedara con ella. “Quién sabe qué le harán si se la llevan al hospital”, reflexionó. No, definitivamente, era mejor que se quedara en su casa. Ya vería qué hacía pero no la dejaría morir. Rezaría por ella.
Al anochecer, las mujeres fueron a buscar a sus hijos. Aunque Omaira no les comentó nada, se enterarían tarde o temprano de que tenía una desconocida en la casa. Pero estaba segura de que ninguna querría llamar a la policía. Algunas trabajaban limpiando casas u oficinas. Otras eran prostitutas.
Esa noche, tras una cena frugal y ver la novela en televisión. Betzabé y Omaira se fueron a dormir. Compartían la única pieza, pero esa noche Omaira le pidió a Betzabé que durmiera en la sala, donde tenía colgada una hamaca, pues la desconocida ocupaba su cama.
–Disculpa, pero debo estar pendiente de la señora –dijo Omaira.
Hacia medianoche, la desconocida daba signos de agitación. Omaira, que tenía el sueño ligero, se levantó y encendió la luz. La mujer se había movido de su posición fetal. Se notaba agitada, se revolvía en la cama de un lado a otro. Los globos oculares se agitaban debajo de los párpados, como si estuviera soñando. Omaira se acercó al colchón y le tocó la frente y el cuello. La temperatura parecía normal. Le acarició la cabeza y la cara y pareció calmarse. Chequeó el suero: todavía quedaba y goteaba lentamente. Volvió a apagar la luz y se tendió al lado de ella.
Un sonido extraño, como un grito entrecortado, despertó a Omaira. No sabía cuánto tiempo había pasado porque se quedó adormilada. Al abrir los ojos vio que la mujer se había incorporado de golpe y la miraba con los ojos muy abiertos y una expresión aterrorizada.
–¿Qué pasó? –preguntó Betzabé corriendo la cortina y entrando a la pieza.
–Nada, que nuestra invitada se despertó.
Omaira se le acercó y ella hizo un gesto defensivo.
–Mija, no tenga miedo, no voy a hacerle daño. Pobrecita, mira lo asustada que está.
Poco a poco, hablándole y acariciándola, la mujer fue aceptando la presencia de Omaira, quien finalmente la tomó en brazos y la empezó a mecer y arrullarla como si fuera una niña grande.
–Se sacó la vía –dijo Betzabé.
–No importa, ya no necesita suero. Lo que necesita es cariño –dijo Omaira sin dejar de mecerla.
El resto de la noche la pasó en brazos de Omaira. Finalmente se durmió plácidamente como un bebé, hacía el amanecer, cuando al parecer la abandonaron las pesadillas que la rondaban.
El sol despuntaba y los pájaros anunciaban el nuevo día cuando Betzabé entró de nuevo.
–Ya están por llegar los niños. Yo los recibiré. Tú aprovecha para descansar un poco.
–Chica, no dice nada. Le he hablado y lo que hace es mirarme y más nada. ¿Será muda?
–Quién sabe. ¿Cómo vamos a llamarla?
–Mírala, parece un angelito dormido.
–La llamaremos Ángela. Ya te traigo café.
Más tarde, Ángela demostró tener un hambre muy terrenal al comerse una arepa recién hecha, rellena con queso rallado, y un jugo de lechosa, sentada en la misma mesa con los niños.
–Que tenga hambre es buena señal –dijo Omaira.
–Hum, otra boca más que alimentar –dijo Betzabé.
–Chica, no te pongas celosa.
–Ya veo que te la quieres quedar.
–Mira, es como un regalo que cayó del cielo. Y sé que Dios la mandó por algo. Tal vez sea una prueba para nosotras.
Como Ángela todavía estaba débil para caminar, Omaira la acompañó al baño y vio que orinaba normalmente. La lavó, le cepilló los dientes con su propio cepillo y la peinó. Luego le puso encima una de sus propias batas, que le quedaba bastante ancha pues Omaira era gruesa y baja mientras que Ángela era alta y delgada. En todo momento le hablaba pero ella no respondía, sólo se dejaba llevar.
–Bueno, esto te servirá mientras consigo algo de tu talla –le dijo.
Mientras la peinaba, Ángela se quedó viendo su propia imagen en el espejo. Parecía intrigada por la figura que veía. La recorría con los dedos. Movía la cabeza sin apartar los ojos de su propia mirada. No parecía reconocerse.
–Mírala, Betzabé, quién sabe qué estará pensando. El golpe en la cabeza debe haberla afectado.
–Dale el cepillo a ver qué hace.
Ángela tomó el cepillo y empezó a peinarse despacio, con mucho cuidado.
–Chica, si es hasta coqueta.
Ángela había llegado para quedarse. Los niños se acostumbraron a su presencia con facilidad. Jugaban con ella como si fuera una muñeca de carne y hueso. Omaira le hizo en la máquina de coser un par de batas de casa y le consiguió unas sandalias. Ángela era dócil como una mascota, se dejaba traer y llevar siempre que se la tomara de la mano. Todas estaban encantadas con sus ojos azules, su piel blanca y su cabello rubio.
Las madres de los niños conversaban cuando llegaba a buscar a sus hijos.
–Parece una actriz de cine, ¿verdad?
–A mí se me parece a Cameron Díaz.
–No chica, Cameron es muy joven. Mas bien a Uma Thurman, que es cuarentona y tiene dos hijos.
–¿Cuarentona? Tas como loca. Esta mujer no tiene 40 años. Estaría arrugada. Tú sabes que a las rubias les salen paticas de gallo facilito.
–Se nota que ha usado mucha crema humectante. Por eso es que tiene la piel tan lisita.
–Esa es la buena alimentación. A mí me parece una señora burguesa que iba en su camioneta y chocó. Debió golpearse la cabeza.
–¿Y cómo llegó al basurero?
–Pa adivino Dios.
–Bueno amigas, ya está bueno, esto parece un salón de belleza –dijo Betzabé, que era evangélica y no le gustaban las conversaciones mundanas.
–No, pero en verdad, Omaira, ¿qué vamos a hacer con ella? Me parece raro que nadie la haya reclamado hasta ahora.
–Y no la puedes tener en tu casa así por tiempo indefinido. ¿Y si viene la policía a buscarla? Te pueden acusar de secuestro.
–No hablen pazguatadas. Ustedes saben bien que la policía no sube hasta acá.
No había ninguna pregunta que Omaira no se hubiera formulado antes en su interior. No tenía respuestas a ninguna de ellas. Sólo sabía que le había tomado cariño a Ángela, como si fuera su propia hija. Le hubiera gustado ayudarla pero no sabía cómo. Sólo sabía que el mundo allá afuera era cruel.
Ángela no parecía servir para ningún trabajo manual. No sabía amasar arepas, ni coser, ni fregar. Sus manos indicaban que nunca se había ocupado de ningún oficio del hogar. Sus ojos denotaban inteligencia pero a la vez se cubrían de un velo de angustia cada vez que Omaira o Betzabé intentaban enseñarle algo. Una vez le dieron papel y lápiz pero se quedaba con él en la mano sin saber qué hacer. Verla así, con una interrogante en la mirada, le partía el corazón a Omaira. Pero más la angustiaba escuchar a Betzabé.
–Las mamás tienen razón. ¿Hasta cuándo la vas a tener? No podemos mantenerla. Yo creo que esa mujer sólo nos puede traer desgracias.
–Mira, Betzabé, tú eres cristiana. Mi abuelita me enseñó que las obras de misericordia son dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo dar posada al peregrino. ¿Me vas a decir que no estás de acuerdo con eso? En la Biblia lo dice.
–Ta bien, pues, pero ya no sé cómo voy a rendir la comida –dijo a regañadientes.
–¡Pero si come como un pajarito! No te preocupes, Dios proveerá.
Estas conversaciones se repetían todos los días, con pocas variantes. Betzabé era insistente pero Omaira era firme. En el fondo las dos sabían que no pasaba de ser una protesta simbólica, pues hacía muchos años ella había cobijado a Betzabé, quien se había quedado sin familia tras unas fuertes lluvias que le habían tumbado la casa, muriendo su marido y sus tres hijos.
Una noche las despertaron unas detonaciones. En el barrio eran frecuentes los tiroteos entre pandillas. Pero en esa ocasión, los disparos retumbaron muy cerca. Las mujeres se despertaron asustadas. Aunque la situación no era nueva, siempre les causaba intranquilidad. Pero la más intranquila era Ángela, quien abría mucho sus ojos como implorando una explicación.
Tras un momento de calma, unos golpes a la puerta metálica sobresaltaron a las mujeres. Omaira se acercó y preguntó:
–¿Quién es?
Por toda respuesta obtuvo unos ahogados quejidos. Abrió la puerta. Un hombre yacía tendido en la entrada. Tenía una pistola en la mano.
–¡Betzabé! ¡Ayúdame aquí!
Entre las dos lo arrastraron al interior. Omaira le quitó la pistola y se la dio a Betzabé, quien la agarró como si fuera una serpiente venenosa.
–¡Guarda esa vaina! –ordenó.
El hombre era alto y fornido. No era un muchacho pero tampoco era viejo. Era moreno y tenía barba de varios días. Olía mal, como si no se hubiera bañado en mucho tiempo. Pero además la camisa estaba empapada en sangre a la altura del abdomen. Omaira le retiró la mano. Tenía un tiro en el estómago.
–Coño, me dieron. ¡Llévame al hospital! ¡No quiero morir! –gritaba.
–Sh, no puedo llevarte a un hospital. ¿No ves que soy una pobre vieja? –decía Omaira agachada sobre el hombre.
En eso cesaron los gritos. El hombre tenía los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo un fantasma. Omaira juraría que había palidecido. Notó que miraba detrás de su hombro. Entonces volteó y vio a Ángela, que estaba de pie en el umbral del cuarto, mirando al hombre con ojos de asombro.
–¡Ángela, métete en el cuarto! –gritó Omaira.
Sin hacerle caso se acercó donde yacía el hombre. Con determinación se sentó en el suelo, lo sostuvo en sus brazos y le puso una mano en el abdomen, donde tenía la herida. Sus blancos dedos se mancharon de rojo. Casi de inmediato dejó de brotar sangre. El hombre estaba como desmayado. Omaira y Betzabé asistieron perplejas a la escena y se dieron cuenta de que algo inusual estaba ocurriendo. Cayeron de rodillas y empezaron a rezar. No supieron cuánto tiempo estuvieron así pero por los cantos de los pájaros se enteraron de que amanecía.
El hombre dijo llamarse Montoya y estuvo tres días en la casa. Se recuperó de forma asombrosa, tanto que hasta la herida cicatrizó. Esas dos noches, Omaira durmió con la pistola bajo la almohada y turnándose con Betzabé para vigilarlo. Él tenía la clave del misterio de Ángela. Contó a las mujeres que era la esposa de un empresario con el que tenía dos hijos pequeños. El plan inicial de sus compinches era llegar cuando estuviera sola en la quinta, robar e irse. Lograron entrar y someterla pero no contaron con que la policía llegaría en pleno robo. El asunto se complicó y se la llevaron como rehén. Los cómplices discutieron qué hacer con ella. Montoya se oponía al secuestro porque él no era secuestrador, sólo ladrón, y sabía que los secuestros generalmente terminaban mal, con muertos y heridos. No se pusieron de acuerdo, la policía los perseguía.
–Ya era de noche cuando logramos engañar a los tombos y llegamos al barrio. Cheíto me pidió que me bajara del carro con ella y que la matara en el basurero. Estaba atada y amordazada. Bajamos juntos. Yo saqué la pistola y cuando le fui a disparar me di cuenta de que no podía hacerlo. Entonces le di un cachazo en la frente y me fui. Cuando llegué arriba me di cuenta de que mis compañeros me habían dejado. Fui un soberano pendejo.
–¿Qué más le hiciste? ¿La violaste? –preguntó Omaira.
–¡No!
–¿Y por qué estaba sin ropa? –interrogó Betzabé.
–Yo…yo soy un hombre, nunca había visto una mujer así. Quise verla desnuda.
–Intentaste violarla, desgraciado –dijo Omaira.
–¡Sí, okey! Intenté, sí, pero no pude. En eso me cayó encima un papagayo y llegaron unos niños.
–¡Hombres! –masculló Betzabé con desprecio.
La presencia de Montoya alteró las cosas en la casa para siempre. Se produjo entre él y las mujeres un pacto secreto: no les haría daño mientras ellas no lo delataran. Y ellas no lo harían porque no querían más complicaciones.
–Ustedes me salvaron la vida –decía–, y yo soy un hombre agradecido.
Montoya rondaba la casa, traía a veces dinero para la manutención. Visitaba a Ángela, él fue quien empezó a llamarla La Santa. Cuando la veía aparecer caía de rodillas ante ella, le tocaba el vestido y lloraba copiosamente echado a sus pies.
De manera misteriosa, la fama de la Santa del Cerro se fue propagando. Seguramente Montoya, cuando se pasaba de tragos en algún bar, hablaba de su experiencia. También las madres habían contribuido a ella, ya que Ángela había curado como por arte de magia, a un niño que tenía fiebres recurrentes y vómitos, con sólo tocarle la cabeza, y a otro que sufría de ataques de asma.
Omaira y Betzabé no pudieron evitar que la gente empezara a acudir a ver a la Santa. De todas partes del cerro llegaban personas enfermas o llevando a sus familiares postrados. Sin importar las escaleras, los jóvenes llevaban en sillas a los enfermos que no podían caminar. A pesar de que no era idólatra Betzabé, improvisó una tarima donde colocar a la santa, le hizo un altar y lo adornó con flores blancas de papel que los niños la ayudaron a recortar. Omaira le hizo dos batas blancas que parecían trajes de novia y sacó de un viejo baúl la coronita de flores de raso con la que se había casado “hace sopotocientos años” con el finado Meléndez.
Tuvieron que poner horario de visita y unas normas mínimas para que no se les llenara la casa de peregrinos, pues era demasiada la gente que acudía en procura de los milagros de la Santa e incluso ya venían de otros estados. Montoya se autonombró “guardián del templo” y ayudaba a mantener el orden. Casi todos los que acudían salían con una sonrisa beatífica tras ser tocados por la santa que les posaba la mano en las cabezas. Como no se cobraba, dejaban una ofrenda en un rincón del comedor, generalmente en forma de alimentos, de tal manera que nunca faltaba abundante comida. Las paredes se iban llenando de exvotos en forma de manos, pies, corazones o cabezas, según lo que la Santa hubiera sanado con su poder milagroso.
Ángela no había hablado en ningún momento. Tales eran su docilidad y mansedumbre que realmente parecía una criatura celestial recién caída del éter. Se dejaba traer y llevar de la mano de Omaira –solamente de su mano– desde el cuarto al comedor, donde se había improvisado el altar. Una vez que se sentaba podía pasar horas atendiendo a los visitantes. Siempre sonreía y cautivaba con su mirada llena de bondad y ternura. Algunos decían que le había visto un aura dorada alrededor de la cabeza; otros aseguraban que bajo la túnica blanca estaban las alas plegadas y que en cualquier momento podía salir volando. Ya circulaban estampitas de Santa Ángela del Cerro con las alas abiertas, las manos en actitud de oración y flotando sobre una nube rodeada de cabezas de querubines.
La casa la cerraban antes de que se hiciera de noche, Montoya se encargaba de correr a las personas que aún quedaban.
–Vengan mañana –les decía–. La Santa los estará esperando.
Entonces Omaira ayudaba a Ángela a asearse. Le preparaba un baño caliente en una tina metálica, la misma que usaba para bañar a los niños, y la dejaba sola un rato pues entendía que, como ella misma, necesitaba un instante de intimidad después de haber tratado con tantas personas durante todo el día.
Mientras tanto preparaba la cena que siempre era frugal: una crema de auyama o verduras, una fruta, un vaso de leche. Entonces se daban el único lujo del día: ver la telenovela de las 8. Se sentaban las tres en un viejo sofá a ver la televisión. Ángela miraba las imágenes con ojos asombrados y a veces parecía entender lo que ocurría en la pantalla, pero de su boca no salía un sonido. Poco a poco se iba adormilando, entonces la acompañaban al cuarto. La ayudaban a desvestirse y antes de dormir la hacían arrodillarse y poner las manos en actitud de oración. Omaira rezaba: “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche de día…”. Luego de acostarse, la arropaba con ternura y, como si fuera una niña, le daba un beso en la frente y se despedía de ella.
Después salía del cuarto y se fumaba un cigarro en la ventana, mirando una estrella lejana y pensando en el curioso rumbo que había tomado su vida. A veces recordaba a Meléndez y lo extrañaba. Pero la llegada de Ángela a sus días compensaba toda otra ausencia. La sentía como una bendición y rogaba porque nunca se fuera, aunque sabía que su presencia no sería eterna.
A veces se aparecía Montoya y charlaban un rato. Siempre traía alguna novedad del barrio, se le pasaba subiendo y bajando infinitas escaleras.
–Montoya, ¿sigue usted robando a la gente?
–No, mi doña, cómo se le ocurre. Yo me dejé de eso. Desde que conocí a la santa mi vida cambió para siempre. Yo me hice un hombre de bien. Hasta me metí a Alcohólicos Anónimos.
–Humm. Como si no lo conociera.
–Se lo juro, doñita, mire por ésta –decía besando una cruz formada por el índice y el pulgar–. Además, con las estampitas me va muy bien, me alcanza para mantener al carajito que tengo en el rancho.
Pero una noche Montoya llegó agitado. Omaira lo supo por el olor a adrenalina que le salía por los poros. Sudaba copiosamente.
–¿Qué le pasa, hombre?
–Nada, mi doña. Que el Cheíto anda por el barrio. Hágame una segunda. Déjeme pasar la noche acá en la sala.
–¿Vio? Yo sabía que estaba metido en problemas.
–No, yo no me metí en problemas. Lo que pasa es que tenemos una culebra el Cheíto y yo. Es mejor que me esconda aquí.
–Yo no puedo dejarlo, Montoya. Si se entera que está aquí vendrá a buscarlo.
–Déjeme estar aquí, se lo pido de rodillas, doñita. El Cheíto es muy malo, malísimo, es un diablo.
–¿Usted lo que quiere es que nos maten a todas? No, no puedo dejarlo.
Pero fue tanto lo que lloró que finalmente lo dejó quedarse “sólo por esta noche”. Aunque enseguida supo que esa noche no dormiría.
Amanecía cuando la despertaron los gritos de Betzabé.
–¡Omaira! ¡Montoya se llevó a Ángela!
Los periodistas ese día se dieron banquete. En la entrada del barrio El Tamarindo se desarrollaba un drama. Pero dejemos que sea el reportero Tito Vargas quien nos lo cuente en sus palabras.
–Nos encontramos cerca de las escaleras del barrio El Tamarindo, en el sector Brisas del Caribe. Al parecer la policía descubrió que la señora Coralina, la esposa del empresario Raimundo Altavista, secuestrada hace tres meses por la banda del Cheíto y quien fuera presumiblemente ejecutada, se encuentra viva. Para ampliarnos la información tenemos al comisario Porfirio Meleán. Comisario, ¿qué es lo que está pasando?
–Al parecer la señora Coralina la tenían secuestrada en una casa del barrio y los integrantes de la pandilla de El Cheíto están enfrentados actualmente.
Como para confirmar las palabras del policía. Unos tiros se escucharon en la parte media del cerro. Instintivamente todos se agacharon.
–Comisario, ¿qué va a hacer la policía?
–Tenemos al grupo rodeado por un comando de acción rápida. Es un operativo difícil porque el barrio es abrupto. Pero tenemos la situación bajo control. Es todo lo que puedo decir por ahora.
Omaira y Betzabé veían en el televisor las imágenes del operativo. Ambas lloraban pero en eso la primera pegó un grito:
–¡Mira, es el esposo!
En efecto, Raimundo Altavista había llegado al pie del cerro. Pidió un megáfono y empezó a hablarle a su mujer:
–¡Mi amor, soy yo, Raimundo, tu esposo! –en este punto la voz se le quebraba–. Vengo a decirte que los niños están bien. Estoy contigo. ¡Te amo, mi amor! ¡Vamos a rescatarte!
Del rostro de Altavista la cámara subió hacia donde se presumía estaban escondidos Montoya con la mujer, en uno de tantos recovecos de las escaleras del barrio que parecían conducir al cielo. En eso, ella se asomó y el hombre desde atrás trataba de agarrarla para hacerla retroceder. Fue un segundo nada más, una acción imprevista pues Coralina tal vez había reconocido la voz de su esposo y acaso hubiera empezado a recordar quién era en realidad. Apenas fue un segundo, pero la cámara lo captó todo, absolutamente todo: Coralina zafándose de las manos de Montoya, e iniciando el descenso por las escaleras del barrio, El Cheíto comenzando a disparar, su banda imitándolo, Montoya también disparando, así como los policías que estaban apostados en un techo de platabanda, Coralina bajando la escaleras, atrapada en la línea de fuego, corriendo bajo una lluvia de balas, siendo alcanzada, al fin, por las ráfagas, rodando aparatosamente por las escaleras, manchada ahora su túnica blanca con flores rojas que se expanden cada vez más mientras su esposo grita su nombre que ya no la designa pues ese cuerpo yacente en las escaleras ya no es su esposa Coralina. Esa figura que ahora se alza del piso, etérea, evanescente, y se va elevando desde el suelo, ante la mirada atónita de todos, esa figura que sube cada vez más y más, rodeada de un resplandor hipnótico, es desde ahora, y para toda la eternidad, Santa Ángela del Cerro. Algunos dicen que entonces se le vieron las alas, antes de perderse en el cielo.
Eloi Yagüe Jarque