domingo, 12 de febrero de 2012

“La imaginación siempre vuelve a la infancia”


El escritor Gustavo Díaz Solís 
fue uno de los mejores cuentistas venezolanos  

 Sus primeros cuentos los leímos en la Escuela de Periodismo de la UCV, de la que fue uno de los fundadores. Y algunos de ellos, a pesar de haber sido escritos hace más de cincuenta años, aún tienen algo que decirnos, acaso por el magnífico tratamiento del lenguaje con que fueron escritos, un lenguaje “oral, discreto, nítido” según José Balza. Monte Ávila Editores reeditó los “Cuentos Escogidos”, una buena oportunidad de acercarse a la obra de este narrador nacido en Güiria en 1920 y fallecio en Caracas en enero 2012, y obsesionado con la infancia y el paisaje.

ELOI YAGÜE JARQUE / Economía Hoy / Caracas, 12 junio 1998

Gustavo Díaz Solís se pregunta qué leen los muchachos de hoy. Fue fácil encontrarlo en la Facultad de Humanidades de la UCV, lo difícil fue hallar asiento. Ya los viejos cafetines no existen. Ahora hay sólo lugares sin mesas ni sillas donde todos comen o beben de pie, deprisa. Es raro sentarse a observar todos estos jóvenes muy apurados cuando uno no tiene prisa. Y Díaz Solís, a sus 78 años, tiene menos prisa que nadie. Gabriel Jiménez Emán, quien hizo recientemente la presentación de sus Cuentos Escogidos, en emotivo acto celebrado en el Teatro Teresa Carreño, advirtió su porte de lord inglés, su caballerosidad y su tendencia a la discreción, por lo que íbamos a este encuentro con la previsión de encontrarnos a un entrevistado difícil, de poca habla. Pero no fue así; sentados en un banco de madera, bajo la sombra de un árbol, en una UCV bulliciosa y activa, Díaz Solís tuvo tiempo de rememorar –eso sí, en voz baja y pausada– su infancia y su relación con la naturaleza, ambas tan presentes en su literatura, y hasta de hablar de qué lo motivó a escribir esos cuentos hoy imprescindibles en el panorama de la narrativa venezolana contemporánea.

–Sus cuentos, releídos una y otra vez, me producen siempre una sensación de frescura, de cosa nueva.
–Yo he tenido mucha suerte porque hay cuentos –como Arco secreto que cumplió cincuenta años el año pasado–, con los que –según me dicen–, se identifican escritores jóvenes, como concepción y como factura. Eso ha sido para mí una gran fortuna porque anular el tiempo es un mito.
–Hay en muchos de sus relatos una suerte de nostalgia de la infancia.
–En algún caso son como retratos de cuando fui niño y otras veces son composiciones, ni siquiera muy deliberadas o experimentadas sino en la imaginación, catalizadas por algún hecho como es el caso de El niño y el mar, donde hay una fusión del yo niño frente a una playa donde la bajamar se retiraba, y mi propio hijo en el año 49 o 50, cuando íbamos a la playa y él buscaba cangrejitos. Ese cangrejo extraordinario que se asoma de pronto y alza las macanas es evidentemente una elaboración literaria, pero como tal tiene una raíz primordial en la realidad. Esos enormes cangrejos de concha azul que uno vio y cazó siendo niño en oriente o en los cacaotales de Barlovento. Es más, pienso que con el tiempo los cuentos donde hay más objetivización de la realidad, son aquellos donde hay más paisaje, no inerte propiamente, pero paisaje de mural. En un texto como Llueve sobre el mar o cuentos como Cachalo, uno puede observar un regreso y una interiorización y una como dependencia de la vivencia personal de infancia. A mí, cuando se me ocurre a veces pensar en cuentos, noto que la dirección en que va la imaginación es hacia la infancia, la adolescencia, la primera juventud, los días de colegio. Esas son las cosas que me interesan, aunque no las consigne por escrito. El mundo social u objetivo me interesa mucho, pero no para la literatura.
–Será quizás porque su infancia fue feliz.
–Intrínsecamente la infancia y la adolescencia son épocas felices. En la infancia la felicidad está en el descubrimiento, en el asombro ante la vida e ir como abriendo puertas. Cuando uno ve a la gente mayor de la época, esa gente que ya pasó por esas puertas y uno los ve lejos, como al fondo de un largo corredor al que uno va metiéndose, explorando, tanteando. Y eso es la felicidad de la infancia y adolescencia, pero a veces son experiencias ásperas, donde hay tropiezos, hay golpes, hay sufrimientos muy característicos que provienen también de la impotencia de rebelarse. Esa condición de felicidad se pierde con los años. De adultos la felicidad puede venir por otras causas, tal vez externas. Mi infancia no fue idílica, quizá sea más feliz recordándola, porque los colegios de esa época en general eran muy atrasados. Yo fui a colegios donde se sufría mucho. Los castigos eran fuertes. Mi época de niño fue de palmeta, de correa en casa, de castigos, a veces increíbles, como que lo metieran a uno en un calabozo. Si uno cometía alguna falta como jubilarse del aula, responderle mal al maestro, hablar en clase, podían meterlo a uno en un calabozo de reja y candado. Esas cosas dejan huella. Las injusticias tienen el desahogo de la rebelión, y a veces la rebelión tiene éxito, entonces hay una liberación. El deseo de libertad en el niño y en el adolescente es ilimitado, cualquier limitación es ya una opresión. El pecado era inminente y cualquier contacto con el sexo era pecado. Entonces el castigo también era inminente. No había cosa que horrorizara más a los adultos que el sexo, cualquier cosa que tuviera que ver con el sexo era diabólica. La diferencia es que ahora se ha ido esclareciendo y civilizando el trato con el niño, y en ese sentido imagino que los niños y adolescentes de hoy, a pesar de todas las carencias y frustraciones que puedan tener, son menos infelices. Curiosamente yo como adolescente encontré más comprensión, más sentido pedagógico y una forma más inteligente de manejar a la juventud en el colegio san Ignacio de los jesuitas. Siempre lo recuerdo porque viniendo de un mundo muy áspero, muy injusto de los colegios laicos de la época, encontré ahí una comprensión, una sensibilidad para la juventud.
–La presencia de la naturaleza es muy poderosa en sus cuentos, hasta el punto de que en algunos, como en Ophidia, los animales llegan a protagonizar  e incluso a narrar la historia. ¿A qué se debe ese amor por la naturaleza?
–Era una circunstancia natural por la familia. Mi familia toda es de Güiria, o de Oriente (mi abuela materna era cumanesa), eran gente de pueblo vinculada, como propietarios o comerciantes, a las haciendas que rodeaban los pueblos. En el cuento Velando los pensamientos desatados, yo abro un panorama idealizado de esa circunstancia natural de mi familia que eran las haciendas de cacao que quedan hacia la cordillera del Golfo de Paria, y las de coco a orillas del mar, en las ensenadas del mismo golfo. En vacaciones siempre había un sitio de campo adonde ir, y ahí empezó ese gusto. Mi propio padre era un hacendado curioso, porque él fue de esos muchachos de pueblo que quisieron sus padres que estudiara y lo mandaron a Caracas a estudiar bachillerato. Se hizo abogado pero siempre conservó un deseo de ser propietario, una nostalgia de trabajar la tierra. Ya cuando tuvo posibilidad de adquirir alguna pequeña hacienda, hizo experimentos de modernización. Él se preciaba mucho de haber sembrado matas de coco con sus propias manos y verlas florecidas después de diez o doce años. Aunque estuviéramos en el sitio más urbano, había siempre en la familia un tema de fondo perenne: el campo y las haciendas. Posteriormente compró un terreno en Turmerito, e hizo la casa de campo que aparece en Cachalo: “La casa estaba sobre la colina y por debajo iba el río y era verde y transparente…”. Ese río que pasaba por Turmerito y por la hacienda Tazón de El Valle y caía en el Guaire, fue cegado por las obras de La Mariposa. Ya no existe.
Gustavo Díaz Solís recuerda que cuando era estudiante de Derecho entró en un grupo al que le gustaba mucho la cacería y la pesca. Los recuerda como unos años maravillosos, pues iban a los llanos del Guárico, a Apure en semana Santa, a pescar cerca de Choroní o a Barlovento.
–La naturaleza siempre estuvo presente. Con los años me he ido alejando pero fue algo que nunca pensé que pudiera estar ausente de mi vida. Y aunque las motivaciones fueran muy variadas, como simplemente pasar un fin de semana en la playa, fueron momentos importantes que se grabaron en la imaginación como vivencias significativas.


jueves, 12 de enero de 2012


             SANTA ÁNGELA DEL CERRO


Los papagayos se elevaban sobre las colinas erizadas de ranchos. Pequeños ingenios hechos de bolsas plásticas y palitos entrecruzados revoloteaban entre la brisa de la tarde. A lo lejos atardecía sobre el mar. En las colinas de La Guaira, donde había que subir centenares de peldaños para llegar a las míseras casas, los niños se divertían elevando sus cometas caseros, tratando de evitar que se enredaran en los cables de la luz o en las antenas de televisión. Un grupo de muchachos correteaba en bandadas detrás de los dueños de los papagayos. Los mayores protagonizaban, con la seriedad del caso, un encarnizado duelo aéreo, se abalanzan unos contra otros para ver quién caía. Los más débiles se venían a tierra entre el alborozo de la muchachada. Sólo quedaban dos papagayeros: uno gordo y alto y otro flaco y bajito. Ambos vestían sólo shorts y calzaban sandalias de goma. Se desplazaban con agilidad buscando chocar sus papagayos que se empinaban furiosos al cabo de largos hilos. Los pequeños aeroplanos golpeaban sus leves fuselajes, se encabritaban, subían y bajaban manejados con pericia por los pilotos. Finalmente, un  golpe de viento los llevó a fundirse en el último abrazo: las colas se enredaron y las estructuras se pegaron, negándose a seguir obedeciendo órdenes de tierra. Los papagayos cayeron en picada allá, a lo lejos, en el vertedero de basura que había en el terraplén donde terminaba abruptamente la parte plana del cerro, donde ya nadie construía porque cada vez que llovía el agua se llevaba los ranchos como si fueran barquitos de papel. La gente del cerro echaba allí su basura pues no había camión de Aseo Urbano que llegara hasta lo más alto. Hacia allá corrieron los muchachos, a rescatar los papagayos discutiendo quién había tumbado al otro, cada quien intentando ganar las apuestas transadas por los demás. Debían bajar con cuidado pues era muy empinado y además la ladera estaba cubierta de basura. Había de todo, desde bacinillas desfondadas hasta lavadoras oxidadas y, por supuesto, zamuros que los niños espantaban a pedradas. Pero para muchos de ellos, el vertedero era harto conocido pues había sido su lugar habitual de juegos desde que eran tripones.
No vieron bien dónde habían caído los papagayos enredados, pero siguieron las sinuosas líneas trazadas por los blancos pabilos y finalmente los consiguieron detrás de una nevera destrozada. Cuando se acercaron para levantarlos fue grande su sorpresa pues los papagayos habían caído sobre el cuerpo desnudo de una mujer blanca y rubia, que yacía medio tapada por bolsas de basura y desperdicios.
–¿Está muerta? –preguntó el gordo.
–Parece dormida –dijo el niño delgado.
–Parece un angelito –dijo Yecsy.



–¡Abuela, abuela! Manda decir Yony que vaya al basurero.
–¿Qué? ¿Qué dices, muchacho? Yo no estoy para ir a ningún basurero.
–Venga, venga. Consiguieron una muerta –dijo el pequeño jalando el delantal de Omaira.
–¿Una muerta? Válgame Dios, lo que me faltaba. Betzabé –dijo dirigiéndose a una mujer pequeña y oscura que cargaba un bebé en brazos–: Cuídame a los chiquitos y voltea las arepas de aquí en un rato, no se me vayan a quemar.
 –Cuidado, Omaira. Estás muy vieja para meterte en problemas –dijo muy seria.
Con cierta dificultad, y tomada de la mano del niño que había ido a avisarle, Omaira se dirigió al vertedero. Bajó lentamente, ayudada por el niño, procurando no resbalarse y caerse. Finalmente vio la nevera desechada y detrás de ella, el grupo que rodeaba a la supuesta muerta. Los chicos se apartaron para dejarla pasar. Cuando llegó donde ella estaba, un sentimiento de pudor la llevó a quitarse el delantal y cubrir lo mejor que pudo a la mujer. Recordando sus viejos tiempos de enfermera le buscó el pulso. Lo tenía, aunque apagado.
–Esta mujer está viva. Tenemos que llevarla a la casa.
Omaira La aferró por debajo de las axilas y los dos niños mayores cargaron cada uno con una pierna. En realidad no pesaba mucho, era muy delgada. Cuando la levantaron, vio que tenía en la cabeza una herida y un poco de sangre seca pegada al rubio cabello.
Poco a poco ascendieron la cuesta y finalmente llegaron a la casa. Una vez dentro, pidió a los niños que la colocaran sobre una colchoneta que Omaira tenía en su pieza, separada de la sala por una breve cortina de tela, la misma que usaba para que los pequeños tomaran la siesta. La cubrió con una cobija así, en la misma posición fetal en que la había encontrado, y pidió a los niños que se fueran. Luego llamó a Betzabé y le pidió una jofaina llena de agua, una toalla y el botiquín de primeros auxilios, una caja de zapatos donde guardaba los utensilios menores para atender las emergencias caseras. Comenzó a lavarla, empezando por la cabeza. La herida que tenía en un costado era profunda pero no grave. Dedujo que se había golpeado, o la habían golpeado, con un objeto contundente. Una desinfección con agua oxigenada y colocarle una gasa con adhesivo bastarían por los momentos para curarlas.
Tras lavar su cuerpo observó la blancura de la piel, que dejaba ver una trama de venas azuladas. Recordando antiguas prácticas aprendidas en el hospital de Pariata donde sirvió tantos años, la palpó y tocó en diversas partes para comprobar que no tenía ningún hueso roto o hemorragias internas. Al parecer sólo la afectaban el golpe de la cabeza y algunas laceraciones en la piel, producto tal vez de la caída tras el golpe, que sin duda explicaba el desmayo o lo que fuera que la mantenía en ese estado comatoso. Omaira había visto en el hospital personas en coma producto de accidentes automovilísticos o de traumatismos, y sabía que no había un periodo fijo de recuperación. Una persona en coma podía despertar en horas, en semanas o en meses. Mientras tanto había que nutrirla con suero, para lo cual tenía que implantarle una vía endovenosa. No tenía ni el suero ni el instrumental necesario para hacerlo. La dejó ya limpia, arropada con la cobija y le pareció que, efectivamente parecía un ángel durmiendo, tanto por la expresión plácida como por la respiración acompasada.  
Omaira corrió la cortina y miró a los niños. Estaban todos sentados a la mesa comiendo las arepas que les había servido Betzabé hacía un momento. No sabía bien qué hacer con la desconocida. Si llamar a la policía o buscar algún médico. La primera opción fue inmediatamente rechazada: no tenía saldo en su teléfono celular y además la policía no subía hasta el cerro, considerado zona roja por ser guarida de narcos y criminales diversos. En cuanto a la segunda posibilidad, el ambulatorio más cercano estaba al pie de las escaleras del barrio. Llamó a Yony y a Fredy, los muchachos mayores, y habló con ellos en voz baja, evitando que los demás la escucharon.
–Mijos, bajen al ambulatorio y pregunten por el doctor Cienfuegos, que es amigo mío. Díganle que aquí tengo a una mujer en estado comatoso.
–¿En estado qué? –preguntó Fredy.
–En coma, chico. ¿Tú como que no ves Sala de Emergencia? –respondió retador Yony.
–¡Ya está bueno, ya! Díganle que tengo aquí una mujer herida y que no puedo moverla hasta allá. Que necesito que la vean. Que venga él o que mande alguien. Pero díganle que es de parte mía, ¿okey? Y es para hoy, no vuelvan sin un médico.
–Bendición abuela –dijeron al unísono, arrodillándose frente a ella.
–Dios me los bendiga, me los cuide y me los favorezca, de la culebra los proteja, del demonio que acecha los resguarde, de los males los libre y a los bandidos los elimine –dijo poniéndoles las manos en las cabezas, tras lo cual salieron disparados escaleras abajo.
Al cabo de media hora los niños volvieron con un hombre joven que portaba un maletín y se identificó como Tovar, paramédico. Había subido pues el doctor Cienfuegos no se encontraba. Omaira pidió a los niños que se fueran. El hombre entró al cuarto y revisó a la mujer, coincidiendo con Omaira en que se trataba de un coma seguramente causado por la herida en la cabeza.
–Bueno, por los momentos no podemos hacer nada sino nutrirla. Le pondré suero fisiológico.
El hombre intentó ponerle la vía endovenosa pero no era hábil con la aguja.
–Permítame, yo fui enfermera. Eso es como montar bicicleta, no se olvida.
En pocos segundos, Omaira le consiguió una vena del brazo y le colocó correctamente el catéter. 
Tovar sacó del maletín una bolsa de solución glucosada.
–Disculpe, pero no sabemos si la paciente es diabética.
–Tiene razón, mejor le administramos una solución salina.
Omaira buscó acomodo a la bolsa colocándola colgada de un clavo en la pared.
El paramédico le sacó sangre a la mujer, que colocó en un tubo de cristal.
–Necesitamos hacerle un análisis para saber a qué atenernos. Mandaré la muestra al laboratorio. Mientras tanto es mejor no moverla, además no tenemos cómo. La ambulancia está echada a perder. Estamos esperando el repuesto. Podríamos bajarla al ambulatorio pero sería lo mismo. Allí no podemos hacerle radiografías.
–Yo me ocupo de ella.
–No podemos saber cuándo se despertará. Confiemos en que sea pronto y que el daño no sea mayor.
Tovar se despidió y salió como si tuviera prisa en llegar a otro sitio.
“Este se cree doctor”, pensó Omaira. Ella tenía la intuición de que era mejor que la desconocida se quedara con ella. “Quién sabe qué le harán si se la llevan al hospital”, reflexionó. No, definitivamente, era mejor que se quedara en su casa. Ya vería qué hacía pero no la dejaría morir. Rezaría por ella.
Al anochecer, las mujeres fueron a buscar a sus hijos. Aunque Omaira no les comentó nada, se enterarían tarde o temprano de que tenía una desconocida en la casa. Pero estaba segura de que ninguna querría llamar a la policía. Algunas trabajaban limpiando casas u oficinas. Otras eran prostitutas.
Esa noche, tras una cena frugal y ver la novela en televisión. Betzabé y Omaira se fueron a dormir. Compartían la única pieza, pero esa noche Omaira le pidió a Betzabé que durmiera en la sala, donde tenía colgada una hamaca, pues la desconocida ocupaba su cama.
–Disculpa, pero debo estar pendiente de la señora –dijo Omaira.


Hacia medianoche, la desconocida daba signos de agitación. Omaira, que tenía el sueño ligero, se levantó y encendió la luz. La mujer se había movido de su posición fetal. Se notaba agitada, se revolvía en la cama de un lado a otro. Los globos oculares se agitaban debajo de los párpados, como si estuviera soñando. Omaira se acercó al colchón y le tocó la frente y el cuello. La temperatura parecía normal. Le acarició la cabeza y la cara y pareció calmarse. Chequeó el suero: todavía quedaba y goteaba lentamente. Volvió a apagar la luz y se tendió al lado de ella.
Un sonido extraño, como un grito entrecortado, despertó a Omaira. No sabía cuánto tiempo había pasado porque se quedó adormilada. Al abrir los ojos vio que la mujer se había incorporado de golpe y la miraba con los ojos muy abiertos y una expresión aterrorizada.
–¿Qué pasó? –preguntó Betzabé corriendo la cortina y entrando a la pieza.
–Nada, que nuestra invitada se despertó.
Omaira se le acercó y ella hizo un gesto defensivo.
–Mija, no tenga miedo, no voy a hacerle daño. Pobrecita, mira lo asustada que está.
Poco a poco, hablándole y acariciándola, la mujer fue aceptando la presencia de Omaira, quien finalmente la tomó en brazos y la empezó a mecer y arrullarla como si fuera una niña grande.
 –Se sacó la vía –dijo Betzabé.
–No importa, ya no necesita suero. Lo que necesita es cariño –dijo Omaira sin dejar de mecerla.
El resto de la noche la pasó en brazos de Omaira. Finalmente se durmió plácidamente como un bebé, hacía el amanecer, cuando al parecer la abandonaron las pesadillas que la rondaban.
El sol despuntaba y los pájaros anunciaban el nuevo día cuando Betzabé entró de nuevo.
–Ya están por llegar los niños. Yo los recibiré. Tú aprovecha para descansar un poco.
–Chica, no dice nada. Le he hablado y lo que hace es mirarme y más nada. ¿Será muda?
–Quién sabe. ¿Cómo vamos a llamarla?
–Mírala, parece un angelito dormido.
–La llamaremos Ángela. Ya te traigo café.


Más tarde, Ángela demostró tener un hambre muy terrenal al comerse una arepa recién hecha, rellena con queso rallado, y un jugo de lechosa, sentada en la misma mesa con los niños.
–Que tenga hambre es buena señal –dijo Omaira.
–Hum, otra boca más que alimentar –dijo Betzabé.
–Chica, no te pongas celosa.
–Ya veo que te la quieres quedar.
–Mira, es como un regalo que cayó del cielo. Y sé que Dios la mandó por algo. Tal vez sea una prueba para nosotras.
Como Ángela todavía estaba débil para caminar, Omaira la acompañó al baño y vio que orinaba normalmente. La lavó, le cepilló los dientes con su propio cepillo y la peinó. Luego le puso encima una de sus propias batas, que le quedaba bastante ancha pues Omaira era gruesa y baja mientras que Ángela era alta y delgada. En todo momento le hablaba pero ella no respondía, sólo se dejaba llevar.
–Bueno, esto te servirá mientras consigo algo de tu talla –le dijo.
  Mientras la peinaba, Ángela se quedó viendo su propia imagen en el espejo. Parecía intrigada por la figura que veía. La recorría con los dedos. Movía la cabeza sin apartar los ojos de su propia mirada. No parecía reconocerse.
–Mírala, Betzabé, quién sabe qué estará pensando. El golpe en la cabeza debe haberla afectado.
–Dale el cepillo a ver qué hace.
Ángela tomó el cepillo y empezó a peinarse despacio, con mucho cuidado.
–Chica, si es hasta coqueta.


Ángela había llegado para quedarse. Los niños se acostumbraron a su presencia con facilidad. Jugaban con ella como si fuera una muñeca de carne y hueso. Omaira le hizo en la máquina de coser un par de batas de casa y le consiguió unas sandalias. Ángela era dócil como una mascota, se dejaba traer y llevar siempre que se la tomara de la mano. Todas estaban encantadas con sus ojos azules, su piel blanca y su cabello rubio.
Las madres de los niños conversaban cuando llegaba a buscar a sus hijos.
–Parece una actriz de cine, ¿verdad?
–A mí se me parece a Cameron Díaz.
–No chica, Cameron es muy joven. Mas bien a Uma Thurman, que es cuarentona y tiene dos hijos.
–¿Cuarentona? Tas como loca. Esta mujer no tiene 40 años. Estaría arrugada. Tú sabes que a las rubias les salen paticas de gallo facilito.
–Se nota que ha usado mucha crema humectante. Por eso es que tiene la piel tan lisita.
–Esa es la buena alimentación. A mí me parece una señora burguesa que iba en su camioneta y chocó. Debió golpearse la cabeza.
–¿Y cómo llegó al basurero?
 –Pa adivino Dios.
–Bueno amigas, ya está bueno, esto parece un salón de belleza –dijo Betzabé, que era evangélica y no le gustaban las conversaciones mundanas.
–No, pero en verdad, Omaira, ¿qué vamos a hacer con ella? Me parece raro que nadie la haya reclamado hasta ahora.
–Y no la puedes tener en tu casa así por tiempo indefinido. ¿Y si viene la policía a buscarla? Te pueden acusar de secuestro.
–No hablen pazguatadas. Ustedes saben bien que la policía no sube hasta acá.
No había ninguna pregunta que Omaira no se hubiera formulado antes en su interior. No tenía respuestas a ninguna de ellas. Sólo sabía que le había tomado cariño a Ángela, como si fuera su propia hija. Le hubiera gustado ayudarla pero no sabía cómo. Sólo sabía que el mundo allá afuera era cruel.
Ángela no parecía servir para ningún trabajo manual. No sabía amasar arepas, ni coser, ni fregar. Sus manos indicaban que nunca se había ocupado de ningún oficio del hogar. Sus ojos denotaban inteligencia pero a la vez se cubrían de un velo de angustia cada vez que Omaira o Betzabé intentaban enseñarle algo. Una vez le dieron papel y lápiz pero se quedaba con él en la mano sin saber qué hacer. Verla así, con una interrogante en la mirada, le partía el corazón a Omaira. Pero más la angustiaba escuchar a Betzabé.
–Las mamás tienen razón. ¿Hasta cuándo la vas a tener? No podemos mantenerla. Yo creo que esa mujer sólo nos puede traer desgracias.
–Mira, Betzabé, tú eres cristiana. Mi abuelita me enseñó que las obras de misericordia son dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo dar posada al peregrino. ¿Me vas a decir que no estás de acuerdo con eso? En la Biblia lo dice.
–Ta bien, pues, pero ya no sé cómo voy a rendir la comida –dijo a regañadientes.
–¡Pero si come como un pajarito! No te preocupes, Dios proveerá.
Estas conversaciones se repetían todos los días, con pocas variantes. Betzabé era insistente pero Omaira era firme. En el fondo las dos sabían que no pasaba de ser una protesta simbólica, pues hacía muchos años ella había cobijado a Betzabé, quien se había quedado sin familia tras unas fuertes lluvias que le habían tumbado la casa, muriendo su marido y sus tres hijos.


Una noche las despertaron unas detonaciones. En el barrio eran frecuentes los tiroteos entre pandillas. Pero en esa ocasión, los disparos retumbaron muy cerca. Las mujeres se despertaron asustadas. Aunque la situación no era nueva, siempre les causaba intranquilidad. Pero la más intranquila era Ángela, quien abría mucho sus ojos como implorando una explicación.
Tras un momento de calma, unos golpes a la puerta metálica sobresaltaron a las mujeres. Omaira se acercó y preguntó:
–¿Quién es?
Por toda respuesta obtuvo unos ahogados quejidos. Abrió la puerta. Un hombre yacía tendido en la entrada. Tenía una pistola en la mano.
–¡Betzabé! ¡Ayúdame aquí!
Entre las dos lo arrastraron al interior. Omaira le quitó la pistola y se la dio a Betzabé, quien la agarró como si fuera una serpiente venenosa.
–¡Guarda esa vaina! –ordenó.
El hombre era alto y fornido. No era un muchacho pero tampoco era viejo. Era moreno y tenía barba de varios días. Olía mal, como si no se hubiera bañado en mucho tiempo. Pero además la camisa estaba empapada en sangre a la altura del abdomen. Omaira le retiró la mano. Tenía un tiro en el estómago.
–Coño, me dieron. ¡Llévame al hospital! ¡No quiero morir! –gritaba.
–Sh, no puedo llevarte a un hospital. ¿No ves que soy una pobre vieja? –decía Omaira agachada sobre el hombre.
En eso cesaron los gritos. El hombre tenía los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo un fantasma. Omaira juraría que había palidecido. Notó que miraba detrás de su hombro. Entonces volteó y vio a Ángela, que estaba de pie en el umbral del cuarto, mirando al hombre con ojos de asombro.
–¡Ángela, métete en el cuarto! –gritó Omaira.
Sin hacerle caso se acercó donde yacía el hombre. Con determinación se sentó en el suelo, lo sostuvo en sus brazos y le puso una mano en el abdomen, donde tenía la herida. Sus blancos dedos se mancharon de rojo. Casi de inmediato dejó de brotar sangre. El hombre estaba como desmayado. Omaira y Betzabé asistieron perplejas a la escena y se dieron cuenta de que algo inusual estaba ocurriendo. Cayeron de rodillas y empezaron a rezar. No supieron cuánto tiempo estuvieron así pero por los cantos de los pájaros se enteraron de que amanecía.


El hombre dijo llamarse Montoya y estuvo tres días en la casa. Se recuperó de forma asombrosa, tanto que hasta la herida cicatrizó. Esas dos noches, Omaira durmió con la pistola bajo la almohada y turnándose con Betzabé para vigilarlo. Él tenía la clave del misterio de Ángela. Contó a las mujeres que era la esposa de un empresario con el que tenía dos hijos pequeños. El plan inicial de sus compinches era llegar cuando estuviera sola en la quinta, robar e irse. Lograron entrar y someterla pero no contaron con que la policía llegaría en pleno robo. El asunto se complicó y se la llevaron como rehén. Los cómplices discutieron qué hacer con ella. Montoya se oponía al secuestro porque él no era secuestrador, sólo ladrón, y sabía que los secuestros generalmente terminaban mal, con muertos y heridos. No se pusieron de acuerdo, la policía los perseguía.
–Ya era de noche cuando logramos engañar a los tombos y llegamos al barrio. Cheíto me pidió que me bajara del carro con ella y que la matara en el basurero. Estaba atada y amordazada. Bajamos juntos. Yo saqué la pistola y cuando le fui a disparar me di cuenta de que no podía hacerlo. Entonces le di un cachazo en la frente y me fui. Cuando llegué arriba me di cuenta de que mis compañeros me habían dejado. Fui un soberano pendejo.
–¿Qué más le hiciste? ¿La violaste? –preguntó Omaira.
–¡No!
–¿Y por qué estaba sin ropa? –interrogó Betzabé.
–Yo…yo soy un hombre, nunca había visto una mujer así. Quise verla desnuda.
–Intentaste violarla, desgraciado –dijo Omaira.
–¡Sí, okey! Intenté, sí, pero no pude. En eso me cayó encima un papagayo y llegaron unos niños.
–¡Hombres! –masculló Betzabé con desprecio.


La presencia de Montoya alteró las cosas en la casa para siempre. Se produjo entre él y las mujeres un pacto secreto: no les haría daño mientras ellas no lo delataran. Y ellas no lo harían porque no querían más complicaciones.
–Ustedes me salvaron la vida –decía–, y yo soy un hombre agradecido.
 Montoya rondaba la casa, traía a veces dinero para la manutención. Visitaba a Ángela, él fue quien empezó a llamarla La Santa. Cuando la veía aparecer caía de rodillas ante ella, le tocaba el vestido y lloraba copiosamente echado a sus pies.
De manera misteriosa, la fama de la Santa del Cerro se fue propagando. Seguramente Montoya, cuando se pasaba de tragos en algún bar, hablaba de su experiencia. También las madres habían contribuido a ella, ya que Ángela había curado como por arte de magia, a un niño que tenía fiebres recurrentes y vómitos, con sólo tocarle la cabeza, y a otro que sufría de ataques de asma.
Omaira y Betzabé no pudieron evitar que la gente empezara a acudir a ver a la Santa. De todas partes del cerro llegaban personas enfermas o llevando a sus familiares postrados. Sin importar las escaleras, los jóvenes llevaban en sillas a los enfermos que no podían caminar. A pesar de que no era idólatra Betzabé, improvisó una tarima donde colocar a la santa, le hizo un altar y lo adornó con flores blancas de papel que los niños la ayudaron a recortar. Omaira le hizo dos batas blancas que parecían trajes de novia y sacó de un viejo baúl la coronita de flores de raso con la que se había casado “hace sopotocientos años” con el finado Meléndez.
Tuvieron que poner horario de visita y unas normas mínimas para que no se les llenara la casa de peregrinos, pues era demasiada la gente que acudía en procura de los milagros de la Santa e incluso ya venían de otros estados. Montoya se autonombró “guardián del templo” y ayudaba a mantener el orden. Casi todos los que acudían salían con una sonrisa beatífica tras ser tocados por la santa que les posaba la mano en las cabezas. Como no se cobraba, dejaban una ofrenda en un rincón del comedor, generalmente en forma de alimentos, de tal manera que nunca faltaba abundante comida. Las paredes se iban llenando de exvotos en forma de manos, pies, corazones o cabezas, según lo que la Santa hubiera sanado con su poder milagroso.
Ángela no había hablado en ningún momento. Tales eran su docilidad y mansedumbre que realmente parecía una criatura celestial recién caída del éter. Se dejaba traer y llevar de la mano de Omaira –solamente de su mano– desde el cuarto al comedor, donde se había improvisado el altar. Una vez que se sentaba podía pasar horas atendiendo a los visitantes. Siempre sonreía y cautivaba con su mirada llena de bondad y ternura. Algunos decían que le había visto un aura dorada alrededor de la cabeza; otros aseguraban que bajo la túnica blanca estaban las alas plegadas y que en cualquier momento podía salir volando. Ya circulaban estampitas de Santa Ángela del Cerro con las alas abiertas, las manos en actitud de oración y flotando sobre una nube rodeada de cabezas de querubines.
La casa la cerraban antes de que se hiciera de noche, Montoya se encargaba de correr a las personas que aún quedaban.
–Vengan mañana –les decía–. La Santa los estará esperando.
 Entonces Omaira ayudaba a Ángela a asearse. Le preparaba un baño caliente en una tina metálica, la misma que usaba para bañar a los niños, y la dejaba sola un rato pues entendía que, como ella misma, necesitaba un instante de intimidad después de haber tratado con tantas personas durante todo el día.
Mientras tanto preparaba la cena que siempre era frugal: una crema de auyama o verduras, una fruta, un vaso de leche. Entonces se daban el único lujo del día: ver la telenovela de las 8. Se sentaban las tres en un viejo sofá a ver la televisión. Ángela miraba las imágenes con ojos asombrados y a veces parecía entender lo que ocurría en la pantalla, pero de su boca no salía un sonido. Poco a poco se iba adormilando, entonces la acompañaban al cuarto. La ayudaban a desvestirse y antes de dormir la hacían arrodillarse y poner las manos en actitud de oración. Omaira rezaba: “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche de día…”. Luego de acostarse, la arropaba con ternura y, como si fuera una niña, le daba un beso en la frente y se despedía de ella.
Después salía del cuarto y se fumaba un cigarro en la ventana, mirando una estrella lejana y pensando en el curioso rumbo que había tomado su vida. A veces recordaba a Meléndez y lo extrañaba. Pero la llegada de Ángela a sus días compensaba toda otra ausencia. La sentía como una bendición y rogaba porque nunca se fuera, aunque sabía que su presencia no sería eterna.
A veces se aparecía Montoya y charlaban un rato. Siempre traía alguna novedad del barrio, se le pasaba subiendo y bajando infinitas escaleras.
–Montoya, ¿sigue usted robando a la gente?
–No, mi doña, cómo se le ocurre. Yo me dejé de eso. Desde que conocí a la santa mi vida cambió para siempre. Yo me hice un hombre de bien. Hasta me metí a Alcohólicos Anónimos.
–Humm. Como si no lo conociera.
–Se lo juro, doñita, mire por ésta –decía besando una cruz formada por el índice y el pulgar–. Además, con las estampitas me va muy bien, me alcanza para mantener al carajito que tengo en el rancho.
Pero una noche Montoya llegó agitado. Omaira lo supo por el olor a adrenalina que le salía por los poros. Sudaba copiosamente. 
–¿Qué le pasa, hombre?
–Nada, mi doña. Que el Cheíto anda por el barrio. Hágame una segunda. Déjeme pasar la noche acá en la sala.
–¿Vio? Yo sabía que estaba metido en problemas.
–No, yo no me metí en problemas. Lo que pasa es que tenemos una culebra el Cheíto y yo. Es mejor que me esconda aquí.
–Yo no puedo dejarlo, Montoya. Si se entera que está aquí vendrá a buscarlo.
–Déjeme estar aquí, se lo pido de rodillas, doñita. El Cheíto es muy malo, malísimo, es un diablo.
–¿Usted lo que quiere es que nos maten a todas? No, no puedo dejarlo.
Pero fue tanto lo que lloró que finalmente lo dejó quedarse “sólo por esta noche”. Aunque enseguida supo que esa noche no dormiría.
Amanecía cuando la despertaron los gritos de Betzabé.
–¡Omaira! ¡Montoya se llevó a Ángela!

Los periodistas ese día se dieron banquete. En la entrada del barrio El Tamarindo se desarrollaba un drama. Pero dejemos que sea el reportero Tito Vargas quien nos lo cuente en sus palabras.
–Nos encontramos cerca de las escaleras del barrio El Tamarindo, en el sector Brisas del Caribe. Al parecer la policía descubrió que la señora Coralina, la esposa del empresario Raimundo Altavista, secuestrada hace tres meses por la banda del Cheíto y quien fuera presumiblemente ejecutada, se encuentra viva. Para ampliarnos la información tenemos al comisario Porfirio Meleán. Comisario, ¿qué es lo que está pasando?
–Al parecer la señora Coralina la tenían secuestrada en una casa del barrio y los integrantes de la pandilla de El Cheíto están enfrentados actualmente.
Como para confirmar las palabras del policía. Unos tiros se escucharon en la parte media del cerro. Instintivamente todos se agacharon.
–Comisario, ¿qué va a hacer la policía?
–Tenemos al grupo rodeado por un comando de acción rápida. Es un operativo difícil porque el barrio es abrupto. Pero tenemos la situación bajo control. Es todo lo que puedo decir por ahora.
Omaira y Betzabé veían en el televisor las imágenes del operativo. Ambas lloraban pero en eso la primera pegó un grito:
–¡Mira, es el esposo!
En efecto, Raimundo Altavista había llegado al pie del cerro. Pidió un megáfono y empezó a hablarle a su mujer:
–¡Mi amor, soy yo, Raimundo, tu esposo! –en este punto la voz se le quebraba–.  Vengo a decirte que los niños están bien. Estoy contigo. ¡Te amo, mi amor! ¡Vamos a rescatarte!
Del rostro de Altavista la cámara subió hacia donde se presumía estaban escondidos Montoya con la mujer, en uno de tantos recovecos de las escaleras del barrio que parecían conducir al cielo. En eso, ella se asomó y el hombre desde atrás trataba de agarrarla para hacerla retroceder. Fue un segundo nada más, una acción imprevista pues Coralina tal vez había reconocido la voz de su esposo y acaso hubiera empezado a recordar quién era en realidad. Apenas fue un segundo, pero la cámara lo captó todo, absolutamente todo: Coralina zafándose de las manos de Montoya, e iniciando el descenso por las escaleras del barrio, El Cheíto comenzando a disparar, su banda imitándolo, Montoya también disparando, así como los policías que estaban apostados en un techo de platabanda, Coralina bajando la escaleras, atrapada en la línea de fuego, corriendo bajo una lluvia de balas, siendo alcanzada, al fin, por las ráfagas, rodando aparatosamente por las escaleras, manchada ahora su túnica blanca con flores rojas que se expanden cada vez más mientras su esposo grita su nombre que ya no la designa pues ese cuerpo yacente en las escaleras ya no es su esposa Coralina. Esa figura que ahora se alza del piso, etérea, evanescente, y se va elevando desde el suelo, ante la mirada atónita de todos, esa figura que sube cada vez más y más, rodeada de un resplandor hipnótico, es desde ahora, y para toda la eternidad, Santa Ángela del Cerro. Algunos dicen que entonces se le vieron las alas, antes de perderse en el cielo.
                                                                     Eloi Yagüe Jarque
                           

jueves, 29 de diciembre de 2011


Lust Club 

La primera vez que fue a mi consultorio el detective Sinatra De Mora fue por la misma causa que lo hace el ochenta por ciento de sus colegas varones: para que le recetara citrato de sildenafil, las famosas pastillas azules que sirven para levantar el ánimo sexual. Claro que no me lo dijo directamente, porque estos funcionarios policiales asumen que si necesitan el medicamento es porque han fallado en cumplir sus fantasías de poder sexual. Se debaten entre el dilema de pedir las pastillas porque las necesitan y precisamente admitir esa sospechosa necesidad. Así que muchos llegan pidiendo las píldoras para supuestamente mejorar su rendimiento sexual y terminan admitiendo una disfunción eréctil o un síndrome de eyaculación precoz. Yo los conozco bien, tengo muchos años como psiquiatra del Cuerpo,  y aprovecho la situación para interrogarlos y conocer más de ellos. La mayoría no vendría a consulta si no fuera por las pastillas azules y con un poco de charla logro que algunos se sometan a terapia. Debo admitir que, ciertamente, la mayoría de ellos necesita el citrato, pero todos sin excepción necesitan psicoterapia. La policial es una profesión de alto riego y alto estrés, la mayoría de los funcionarios provienen de hogares deshechos, padres ausentes, madres controladoras, familias disfuncionales. Ingresan al Cuerpo para realizar fantasías de poder, para sentirse seguros y protegidos en una institución donde está permitido llevar armas. El arma de reglamento se convierte en un falo, en una extensión de su poder personal. Su condición de funcionarios armados los predispone a creerse superiores a los demás. Su capacidad de movilización en diversos ámbitos los lleva a sentirse con derechos ilimitados sobre las personas y las cosas, de ahí su tendencia a la agresividad, al maltrato a los ciudadanos, la violación de los derechos humanos y su predisposición a delinquir, es decir a convertirse en similares a los que persiguen. Por eso es que hago tanto énfasis en los tests para el porte de armas, son el único filtro para evitar que a la policía entren psicópatas. Y sin embargo, algunos se logran colar.
El estrés laboral propio de la profesión policial lleva a muchos de ellos a buscar alivio y evasión mediante el consumo de drogas tanto legales como ilegales. Muchos de ellos tienen síndromes narcisistas, bajo una máscara de aparente seguridad y firmeza, son inseguros, tienen autoestima baja, la mayoría carece de vida afectiva, y le huyen a las relaciones de pareja porque se acostumbran a la inestabilidad emocional y a la promiscuidad. Generalmente son solteros o divorciados, muy pocos logran formar matrimonios bien avenidos o familias, en resumen, vínculos afectivos estables. Su vida afectiva es desordenada, con tendencia a la promiscuidad. La falta de horario, el riesgo de la profesión, la exposición casi a diario a terribles dramas humanos, son factores que les dificultan establecer relaciones humanas duraderas, enriquecedoras.
Tengo mi consulta en el centro, cerca de la sede principal del Cuerpo policial donde presto mis servicios como psiquiatra. Desde hace años atiendo policías por lo que estoy familiarizada con esta clase de personal. A algunos los conozco desde que ingresaron al Cuerpo, y les hice los tests requeridos para extender el permiso de porte de armas. Acepté este trabajo –mal pagado, por cierto– porque estoy interesada en las parafilias, tema de mi tesis doctoral. Cuando me ofrecieron el cargo pensé que me convenía aceptarlo porque me ayudaría en mi monografía, ya que los cuerpos policiales son un caldo de cultivo de las patologías de la sexualidad. Eso sí, planteé un horario de medio tiempo para compensar la escasa remuneración, y para poder seguir en las tardes con mi consulta privada.
Me interesan sobremanera las patologías de la sexualidad llamadas parafilias, es decir la búsqueda de placer erótico a través de vías alternas a la cópula, lo que anteriormente se denominaba perversiones, término que no es científico. Hay algunas inofensivas pues parten del mutuo acuerdo entre dos adultos que sienten placer al practicarla. Es el caso de fetichismos diversos tales como coprolalia (excitarse con palabras obscenas y soeces), coprofagia (placer en ingerir excrementos), altocalcifilia (placer en mirar o usar tacones altos), podofilia (obtener placer mediante los pies), travestismo (placer en vestirse de mujer o de hombre, según el caso). Si bien algunos no están clasificados dentro del DMS (Manual de Diagnóstico de Desórdenes Mentales), se consideran clínicamente una parafilia siempre y cuando afecten las normales relaciones sociales del paciente y se presenten de forma recurrente durante al menos seis meses. Es poco común que estas parafilias se presenten solas, normalmente están asociadas a otro tipo de fetichismos.
Pero hay otras especialmente, vinculadas con fantasías de poder y dominación, como el sadomasoquismo, que pueden ser potencialmente peligrosas porque generalmente se practican sin el consentimiento del otro. Aquí tenemos el voyeurismo (placer en mirar), el exhibicionismo (placer en mostrar los genitales o ser visto teniendo relaciones sexuales), la pedofilia (relaciones sexuales con niños), necrofilia (sexo con cadáveres) y, ciertamente, la asfixiofilia (vinculación del orgasmo con el estrangulamiento o la asfixia mecánica), esta última sumamente riesgosa.
Se puede entender lo inadecuado de estas prácticas por parte de funcionarios adscritos a un cuerpo policial, que deben ser garantes del cumplimiento de la ley. Como psiquiatra debo admitir que no existe una explicación satisfactoria para este tipo de conductas, cuyo origen no está claro si es orgánico o conductual. En consecuencia, no hay medicamentos que puedan impedir estas prácticas inadecuadas como no sean los bloqueadores de la libido. La mayoría de los funcionarios que manifiestan parafilias no aceptan que requieren tratamiento y se niegan a la psicoterapia. Por lo tanto mi recomendación en estos casos ha sido generalmente darlos de baja, por cuanto son patologías que no se pueden controlar. Dejar a su libre albedrío a un policía con tendencias sádicas sería una temeridad. Por lo tanto, y como no es posible recluirlo ni curarlo, mi recomendación suele ser la expulsión del Cuerpo.
Sin embargo no era el caso de De Mora, cuya hoja de servicio era impecable y hasta los momentos no había tenido –aparentemente– problemas de drogas. Como siempre, intenté aprovechar esta visita para extraer más elementos del paciente, y lograr un perfil psicológico más acabado.
–Dígame, Sinatra, ¿cómo se siente en general?
La pregunta surtió un efecto inesperado: De Mora se puso a la defensiva.
 –¿Yo doctora? Qué pregunta más rara. Yo sólo vengo a por el récipe.
–Mi pregunta no es extraña, puesto que soy psiquiatra. Hábleme un poco de usted, cómo es su vida en esta etapa. Veo en su expediente que usted es divorciado.
–Eh, sí. Ya cumplí un año divorciado.
–¿Y cómo se siente?
De Mora se revolvía en el asiento. Parecía furioso y tal vez lo estuviera. Algo tenía por dentro que pugnaba por salir.
–¿Cómo me siento? Pues le diré: me siento francamente bien. Me siento liberado. No soportaba estar un minuto más con esa desgraciada. ¿Usted puede creer que se acostó en mi propia cama con otro hombre?
–¿Usted los vio?
 –Eh, no, verlos no los vi. ¡Pero estoy seguro de eso! Había un olor que era inusual, había pruebas… Se salvaron por un pelo, si hubiera llegado diez minutos antes, ese huevón estaría lleno de plomo y tres metros bajo tierra
–¿Habló en ese momento con su esposa?
–Yoana lo negaba todo.
–¿Y usted no le creyó?
–Cómo voy a creerle. ¡Esa traidora! Eso me pasa a mí por casarme con una puta. Ya me lo dijeron mis amigos: no te cases con una mujer de la vida fácil, te arrepentirás. Pero yo no les hice caso.
–¿Su mujer, Yohana, era prostituta?
–Sí, la conocí en La Paloma, un antro del vicio que solía frecuentar. La verdad que las primeras veces que tuvimos sexo fue fabuloso. Yohana era una diosa del amor. Me quedé enganchado con ella. A las dos semanas ya quería sacarla de La Paloma. Le propuse matrimonio. ¿Sabe? Esa mujer me aplicó una brujería, yo no comía, ni dormía, lo que hacía era buscarla todo el tiempo, la celaba de todos los hombres, la quería sólo para mí. Con decirle que cuando no la tenía cerca me masturbaba pensando en ella.
–¿Ella aceptó su propuesta?
–Al principio no quería, decía que no quería perder su libertad. Pero yo le insistí y le insistí hasta que aceptó. Usted sabe que hasta la puta más puta sueña con casarse de punta en blanco, aunque sea una vez en la vida, aunque sea para la foto. Yo la convencí con la fiesta matrimonial y con la luna de miel en el mejor hotel de Margarita. Cuando me di cuenta estaba metido en un problema. Tuve que pedir adelanto de prestaciones, un crédito a la caja de ahorros y préstamos a mis amigos. La verdad es que la fiesta estuvo del carajo, duró tres días y nos bajamos no sé cuántas cajas de whisky y champaña. Y las vacaciones en Margarita fueron fabulosas, yo creo que hicimos el amor en todas las playas de la isla. Fueron días inolvidables. Pero al poco tiempo me di cuenta de una cosa: puta es puta aunque se vista de blanco. Pero disculpe, doctora, si la ofendo con mi vocabulario, a veces se me olvida que usted es mujer.
–En este momento soy su terapeuta. ¿Qué pasó después?
–Durante unas semanas vivimos como una pareja de enamorados, aunque no sé muy bien qué significa eso del amor. Fuimos una parejita normal. Yo llegaba cansado del trabajo, ella me servía mi cervecita y me tenía una cena preparada. No sabía cocinar bien, pero lo intentaba. Pero al poco tiempo ella empezó a sentirse mal, teníamos peleas, se quejaba de que ella no había nacido para estar metida en una cocina ni para lavarle los interiores a un hombre. Me pedía plata que yo no podía darle porque, con el sueldito que gano como policía, usted comprenderá. Ella alegaba que como prostituta manejaba mucha plata y podía darse sus gustos: vestidos caros, perfumes lujosos. Quería un carro último modelo, ¿qué le parece? Y yo todavía estaba pagando la fiesta…
–¿Pero ustedes no hablaron del tema financiero antes de casarse?
–Eh sí, pero yo exageré un poco. No le dije que soy apenas un detective. Le mentí. Ella pensaba que yo era jefe y que ganaba mucho más.
–¿Y por qué le mintió?
–¿Pero es que no entiende? ¡Porque no se hubiera ido conmigo si le digo la verdad! –gritó De Mora.
–Usted se ha alterado. A ver vamos a  hacer un pequeño ejercicio de relajación. Cierre los ojos y respire profundamente. Eso es. Inspire, expire. Inspire, expire. Inspire, expire. ¿Cómo se siente ahora?
–Mucho mejor, doctora. Disculpe que le haya gritado.
–Aparte de lo económico, ¿hubo alguna otra razón para la separación?
–Sí, bueno, esto me cuesta un poco decirlo, doctora. Yo… Yo empecé a fallar. Como hombre, me refiero. Como vivía tan presionado comencé a tomar mucho. Evitaba llegar a mi apartamento, me iba de bares y de putas, llegaba a veces borracho y sólo podía echarme a dormir en la cama. Varias veces intenté tener sexo con Yohana pero no pude, no se me paraba. Y esto fue la gota que colmó el vaso: aunque ella es una mujer muy lujuriosa, antes yo lograba satisfacerla, pero con todos esos problemas, se me hacía cada vez más difícil. Hasta que llegó el día en que descubrí que ella había vuelto a las viejas andadas: puteaba, y en mi propia casa, en mi propia cama, doctora. Por supuesto cuando le reclamé me dijo que no podía seguir viviendo así, que no estaba acostumbrada a depender de un hombre, en pocas palabras que quería recuperar su libertad. Y se fue de la casa. A los pocos días me pidió el divorcio.
–¿Y cómo se sintió usted?
–¿Cómo me iba a sentir? ¡Mal!
–Cálmese, Sinatra, respire profundo. ¿Cómo mal?
–Mal, o sea, despreciado, burlado, traicionado.
–Pero, ¿usted está consciente de que le mintió?
–Bueno, sí.
–Entonces ella también tenía razones para sentirse burlada. Y traicionada pues usted se acostó con otras mujeres…
–Esteee, sí, creo que tiene razón.
–En todo caso, esa situación que me cuenta ya pasó, ya están divorciados. Usted no se puede quedar anclado en el pasado. Pienso que tiene mucha rabia acumulada. ¿Cierto?
–Sí, doctora, es verdad. Cada vez que me acuerdo de ella me da como un mareo, se me sube la sangre a la cabeza.
–Bien, ese sentimiento no le hace bien. Usted debe sacar afuera toda esa tristeza, rabia, dolor, frustración, humillación. Si no lo hace se puede enfermar, recuerde que las emociones negativas afectan el sistema inmunológico. Y si su sistema se derrumba, usted se puede enfermar. Estoy hablando de enfermedades graves, cáncer, sida, diabetes, desórdenes metabólicos y neurológicos.
–¿Y usted qué me recomienda, doctora?
–Bueno lo primero que le voy a mandar es una serie de pruebas de laboratorio: perfil 20, hematología completa, antígeno prostático, VIH, heces y orina. Hágaselos lo más pronto posible, y viene en 15 días de nuevo. ¿Está claro? Mientras tanto le voy a mandar un antidepresivo suave.
 –Yo no estoy deprimido.
–Eso es lo que usted cree, amigo. Esta medicina se la toma dos veces al día.
–¿Y las pastillitas?
–Prefiero tener los resultados de los exámenes. Debe saber que el citrato tiene efectos secundarios que pueden ser adversos.
El hombre protestó. Yo sabía que lo haría. Le propuse un trato: que bajara la dosis de alcohol y a cambio le recetaría las pastillas. Pero era terco. Se resistía a creer que la ingesta de licor le bajaba la libido. Le tuve que explicar algunos casos que conozco. Creo que lo convencí. Sinatra es sugestionable, sería un buen sujeto para hipnosis. De todas formas le extendí el récipe y le advertí encarecidamente que se atuviera a la dosis prescrita pues los efectos secundarios podían ser muy negativos.
–Y no se olvide de ponerse el condón antes de tener relaciones sexuales –le dije mientras se levantaba.
–No se preocupe, doctora. Compraré una caja –me respondió con una amplia sonrisa.
Mientras salía por la puerta me pregunté si volvería a ver a  Sinatra De Mora por el consultorio.
Capítulo de Novela por Eloi Yagüe Jarque / Caracas, 2011 / COPYRIGTH

sábado, 17 de diciembre de 2011


                                                 
                                                  CRISÁLIDA

                                                                          “yo tenía un hijo y él era mi padre”.
                                                                                      Eugenio Montejo


Mi madre se está muriendo y yo no siento nada. Es lo primero que pienso al abrir los ojos, tras pasar la noche en un sillón. En la clínica no se nota el amanecer. Terapia Intensiva está en un sótano. No hay ventanas. La luz es el duro resplandor de lámparas que nunca nadie enciende ni nadie apaga. Los que pasamos la noche en la pequeña sala de espera parecemos fantasmas blanquecinos, de consistencia harinosa. Demacrados nos vemos al despertar de sueños intranquilos, apenas nos dedicamos una sonrisa triste, hermanados por la cercanía del dolor. Sabemos que más allá de la puerta batiente, donde no nos dejan entrar, está el teatro de operaciones de la muerte. Quién sabe a quién se habrá llevado esta noche. Nos preparamos para el parte de guerra. Enfermeras abren la puerta y nos dejan pasar, en turnos, para ver a nuestros familiares.
Mamá está conectada a tubos y mecanismos electrónicos. Está en coma desde ayer. Una hipoglicemia le sobrevino durante el sueño. Ya no despertó. Era diabética. Pensaba que el peligro era una subida del azúcar, pero la baja era igualmente temible. El pronóstico es reservado. Lo último que nos dijo el doctor que la atiende desde que ingresó a Emergencia, es que se halla en situación estable. Pero no nos da esperanzas de que salga del shock. La enfermera me dice que pasó la noche sin novedad. De todas formas, hay que esperar que venga el doctor a pasar revista y a darnos más información.
Toco la mano de mi madre. Está fría y surcada de vías que penetran en sus venas azuladas. Un lento goteo la mantiene hidratada; el pulso, la respiración, ahora son gráficos, líneas de luz verde o amarilla, números digitales. Un tubo se mete por su boca, electrodos se adhieren a su pecho. Toda esta tecnología podría acaso mantener la vida indefinidamente. Me molesta saber que la vida de mi madre ya no está en mis manos sino en la de los médicos. Pero, ¿acaso estuvo alguna vez en mis manos? Curioso que piense así sobre el ser que me dio la vida, y me mantuvo vivo durante tantos años.
La enfermera me invita amablemente a salir de Terapia Intensiva. “El doctor vendrá más tarde y podrá hablar con él”. Salgo. Paso frente a un cubículo que tiene un letrero: “Ética Médica”. Está cerrado.
Empiezo a sentir hambre y subo al cafetín. En la planta baja de la clínica hay mucha actividad, gente entrando y saliendo, colas para subir por el ascensor. Voy al restaurante. Huele a arepas y a pan tostado. Por la animación nadie diría que es el cafetín de un hospital. Enfermeros con ropas verdes o azules departen en las mesas. Los médicos se conocen por las batas blancas. Ellos también sienten hambre, también comen. Seguramente también defecan.
El hambre y el trasnocho pueden ser la causa de mi irritación. Un café y un sándwich son todo lo que necesito. Me siento y desayuno. Luego me provoca fumar. Afuera, en un pequeño espacio al aire libre, hay gente haciéndolo. Pero no tengo cigarrillos. Pudiera comprar una caja pero no quiero hacerlo. Es un deseo pasajero. Al poco rato se disipa. “Como el humo”, pienso.
Llamo a mi hermano al celular. Quedamos en que la primera noche la pasaría yo y vendría relevarme a media mañana. No sé si es mi imaginación, pero lo siento esquivo, como con ganas de evadir.
–Tengo mucho trabajo –me dice.
–Ajá. Lo cual significa que no vas a venir.
–No es eso. Tengo que pedir permiso en el trabajo.
–Pues pídelo, como yo lo pedí. Mamá sólo se va a morir una vez.
–No hace falta que te pongas dramática.
–¿Dramática yo? ¿Te acuerdas lo que hiciste cuando murió tu padre? Te fuiste a beber. Llegaste borracho a la funeraria y luego te desapareciste.
–Mira, deja tus ínfulas de hermana mayor. A mí no me vengas con discursitos…
Colgué. Una vez más mi hermano me exaspera, logra sacarme de quicio. Quiero decirle lo que siento pero la garganta se me tranca. Me dan miedo estos ataques de rabia, me sube la tensión y ese es uno de mis puntos débiles. Esperaré a calmarme. Me fumaré ese cigarrillo, así tenga que comprar una caja.


Es una pareja joven, en traje de baño. Ella tal vez tiene 18; él, 20. Es una playa mediterránea. Se sabe por los pinos que crecen en la arena, y llegan prácticamente hasta el mar, que en ese punto se mueve en mansas olas. Por detrás la foto dice: El Saler, 1956. Mi madre me dice que allí me procrearon. No es difícil imaginarse a esta pareja haciendo el amor en esa playa. Es raro saber que son nuestros padres esos jóvenes, más jóvenes que nosotros en la actualidad. En esa foto mi padre se parece a James Dean en franelilla, con el pelo peinado hacia atrás, ondulado, tal vez fijado con brillantina. Lleva un bañador de corte antiguo y hace payasadas: Da risa verlo en esas poses de Charles Atlas, mostrando unos pectorales raquíticos, unos bíceps como pelotas de tenis, unos muslos más o menos firmes, pero las piernas las tiene torcidas. Mi padre aparece en centenares de fotos. Con uniforme de marino, con gorra de plato, con fusil y cartucheras, con pantalones acampanados. Me lo imagino caminando balanceándose, como lo hacen los marinos cuando bajan a tierra después de haber estado mucho tiempo en el mar. Pero debía caminar raro, también por el arqueo de su pierna izquierda, similar al de los jinetes cuyas piernas adoptan la curvatura del vientre del caballo.


Mi hermano llega a tiempo para la conversación con el doctor Barrera, que tiene lugar en una sala en Terapia Intensiva. El médico es bajo, robusto, calvo, bronceado,  tiene barba en forma de candado. Habla suavemente pero con seguridad, de la estabilidad de los signos vitales, “sin novedad”, de las soluciones que le están inyectando, del aparato de ventilación. “Hay que comprar pañales desechables”. Al final, esto es lo único que me queda claro después de la charla. En mí prevalece la sensación de que todo esto es una especie de montaje, como una pieza teatral en la que cada actor va adivinando su papel a medida que se acerca su momento de entrar en escena. Mi madre, por supuesto, fue la primera en saberlo. Es increíble cómo todo va encajando perfectamente. De arriba me parece que llega como una brisa. ¿Serán las alas de la muerte que planea sobre nosotros? No, es el ventilador de techo. 
Una vez en mi casa intento descansar. Me acuesto y duermo a ratos. Jirones de sueño me traen imágenes difusas, como roces y voces cercanos, sonidos como gente arrastrando los pies. No llego a dormir del todo, intento leer, oír música. Nada me interesa, todo me parece insípido, como cuando uno tiene gripe y pierde el sentido del gusto. Intento hacer tareas domésticas, fregar, barrer, limpiar, ordenar. Esto me ayuda a sobrellevar el tiempo. Me ayuda a no pensar. No pensar es lo más importante. Sin embargo no puedo cocinar. El sólo pensar en el olor de la comida haciéndose en las hornillas me da náuseas. Para almorzar me hago un sándwich. Me como la mitad, y tomo un poco de jugo de manzana.


Llego con los pañales desechables. Odio las clínicas y los hospitales. ¿Dónde coño se habrá metido mi hermana? Ah, ahí la veo. Estaba hablando con unas personas. Me las presenta. Son familiares de un señor de Barquisimeto. Vienen del interior. ¿Por qué? ¿No hay clínicas en el interior? En fin, debo mostrarme amable. Aunque en realidad me gustaría estar muy lejos de aquí, especialmente de mi hermana. Mírenla con ese aire de superioridad, la propia hermana mayor. Todavía me habla como si yo fuera un carajito.
–¿Quieres verla? –me pregunta.
Mi primer impulso es decir “más tarde”. Pero no sé si habrá más tarde. Habla con una enfermera. Me acompaña. Traspaso las puertas de Terapia Intensiva. Hace mucho frío adentro. Me cohíbe todo esto. Al fin la veo. Está casi al final, es como un cuarto con las cortinas corridas. La enfermera las descorre y entro. Mamá es un bulto envuelto en sábanas blancas. Sólo la cabeza está afuera. Me recuerda una crisálida. Tengo ganas de salir corriendo pero me acerco. Le beso la frente. No hay ningún movimiento. Si no fuera por la respiración parecería muerta.
–Hola, viejita, cómo estás. Te… te traje pañales.
No puedo evitarlo, estoy llorando. Menos mal que me han dejado solo. Nadie me ve. Sólo estamos ella y yo.
En eso entra una enfermera que chequea los aparatos.
–Háblele –me dice, tal vez captando mi azoramiento.
–¿Usted cree que escuche?
–Los médicos dicen que no pero usted háblele. ¿Es su hijo?
–Sí, el menor.
–Una madre siempre escucha a sus hijos.
Se va. Me quedo solo otra vez. No estoy solo, estoy con la vieja. Le hablo, le cuento tonterías del trabajo, de lo que me costó llegar por el retraso en el Metro, del calor que hace afuera, de los tigres que estoy matando para poder sobrevivir. Mis cuentos me parecen deprimentes. Mi vida es aburrida. Hasta a mí me fastidia. Allá están sus cosas, en un pequeño locker. Saco un peine y comienzo a peinarle el cabello canoso. A ella le gustaba que yo hiciera eso. La peino y le hablo. Mi vida comienza a parecer menos mediocre.
                                                                                                      

–Vente, tenemos que hablar con la psiquiatra –le digo a mi hermano.
Nos reunimos con ella. Es una mujer joven, alta atractiva. A mamá le han hecho un electroencefalograma. Los resultados no son alentadores, la explicación es técnica, pero en pocas palabras, el shock hipoglicémico, por lo prolongado que fue, provocó daño cerebral. Si despierta quedará en estado vegetal. Ni siquiera podría hacer rehabilitación.
Salimos de Terapia Intensiva. En el pasillo, él estalla.
–¿Pero qué se ha creído esa huevona? ¿Nos está diciendo que la vieja prácticamente va a quedar como ida?  
–Oye, cálmate. Ella dijo que hay daño cerebral pero que no sabe cuán grave sea.
–Claro, qué va a saber esa idiota. ¿Dónde habrá estudiado Medicina? Exijo una segunda opinión.
–¿Ah sí? ¿No te convence la de ella? Pues ella no hizo sino corroborar lo que el doctor Barrera señaló desde el principio.
–¿Y por qué le bajó el azúcar?
–Quién sabe. Tal vez se acostó sin cenar y le dio hambre estando dormida.
–Sí. O tal vez en el ancianato se olvidaron de darle las pastillas.
–No lo creo. Las monjas son muy cuidadosas. Siempre le daban su pastillero con la merienda.
  –Tú defiendes siempre a todo el mundo. Para ti no pasa nada, es lógico que la vieja esté tirada en una cama. Si no la hubiéramos metido en ese ancianato esto no habría pasado.
–¿Vas a empezar otra vez? ¿Qué querías que hiciera? ¿Tú la ibas a cuidar? No, verdad, tú siempre tienes mucho trabajo en el ministerio, muchas cosas que hacer. ¡Como si yo no trabajara! Como si dar clases en la universidad no fuera un trabajo. Al menos yo la tenía  asegurada. Pero tú… Ni siquiera ibas a visitarla…
–Esta clínica es una mierda.
–¿Ah, sí? ¿Cambiando de tema, verdad? ¿Dónde la hubieras llevado tú? A un consultorio de Barrio Adentro?
–Ya saliste con tu escualidismo. Esta vaina es una cagada y yo me voy pal coño.
–Sí claro, eso es lo que tú sabes hacer, irte, huir…¿Qué vas a hacer? ¿Te vas a emborrachar como cuando se murió tu padre? ¡Ven acá, sé hombre!


El tiempo transcurre de manera distinta entre estas cuatro paredes. Aquí no hay horas, ni días. Los ciclos temporales los determina la puerta de Terapia Intensiva. Cada vez que se abre se marca un periodo nuevo, determina un flujo de información que transforma la estructuración definitiva de la realidad. Todos sabemos hacia dónde vamos, lo que no sabemos es cómo llegaremos. Ni cuándo. Mi cerebro desvaría. Estoy como embotada. Ni siquiera puedo leer, aunque tengo que preparar una clase. Una clase que no sé si podré dar. He tratado de no tomar nada, ninguna pastilla. Sólo sé cuándo es de día o de noche al salir a fumar. Poco a poco he ido consumiendo la cajetilla. Cinco minutos afuera y vuelvo. No puedo estar mucho tiempo lejos. Cada vez que la puerta gira sobre sus bisagras hay noticias. Esta tarde un prolongado quejido indicó que el drama de la familia de Barquisimeto había concluido. En el pasillo le di el pésame a la señora y a los hijos, como si fueran viejos conocidos. ¿Cuándo nos tocará a nosotros recibirlo? Algunos amigos han venido a enterarse del estado de mamá. Sus visitas, aunque sean breves, me hacen mucho bien. La amistad sincera es uno de los mayores dones de los que podemos disfrutar. Pero no es fácil porque se trata de dar y recibir. Francisco ha venido con los niños. Cuánto le agradezco que se ocupe de ellos estos días. Es mejor padre que esposo. Hoy en día ya lo puedo aceptar sin rencor. La separación fue dura pero necesaria. Veinte años de matrimonio transcurrieron como una exhalación. Él se volvió a casar. Yo no. No creo que vuelva a casarme. Etapa clausurada de mi vida.
Los niños vieron a su abuela. No parecían temerosos. Les llamaban la atención los equipos, especialmente a Carola, que dice querer ser médico. Le hacía muchas preguntas a la enfermera. Antonio, tan callado, seguramente es más impresionable que ella. Los hombres en el fondo son débiles, sentimentalmente son dependientes. Tal vez por eso no me quiero volver a casar. El poco tiempo que estuvieron aquí (tenían que volver a casa a hacer las tareas), fue como un rayo luminoso en la oscuridad. Si hasta pareció que mamá sonreía al escuchar sus voces.


Salí de la clínica a caminar sin rumbo fijo. Mi primer impulso fue ir al estacionamiento a sacar la camioneta, pero seguí de largo. Necesito calmarme. Mi hermana me saca la piedra. Ella sí sabe ser ofensiva. No entiendo cómo su marido la aguantó tanto. Afuera hace un sol implacable. Es casi mediodía. Me quito la chaqueta y sigo caminando, lo más rápido que puedo. Comienzo a sudar copiosamente. San Bernardino es un laberinto. Siempre me han confundido sus calles, parecen todas iguales. Llego al pie de una subida y sigo caminando. “Hay que poner la mocha”, pienso. “Voy a llegar al Ávila”. El cerro se ve, muy cerca, a medida que me acerco las calles se vuelven más empinadas. Subo y subo. Chorros de sudor me corren por la cara y me empapan la camisa, siento el interior mojado, las medias enchumbadas. Cuando me doy cuenta estoy en la entrada del Parque Nacional, la subida a Papelón. Llego hasta la avenida Boyacá. En la Cota Mil los carros pasan a toda velocidad. Caracas se ve a lo lejos como un espejismo. El sol rebota contra los ventanales de las altas torres. Usualmente, a esta hora estaría en la oficina, resolviendo trámites burocráticos. Odio ese ambiente, la mediocridad de mis compañeros de trabajo. Allí lo que priva es la zancadilla, la intriga, el amiguismo. Tengo una jefa que no sabe un carajo. La pusieron allí por que es amiguita del ministro. Y pretende darme órdenes. Ayer quiso cambiarme una presentación que había hecho con mucho cuidado. Yo reviré. “Si quieres seguir trabajando aquí, le haces los cambios que yo te diga, ¿okey?”, me respondió. “Está bien, tú eres la jefa”, le respondí. No la soporto. Tuve que meterme la lengua en el culo. Si no fuera por mi hijo que está a punto de nacer ya me habría ido pal carajo. Yo creía antes en esta vaina pero cada vez entiendo menos lo que pasa. Esa gente no tiene principios revolucionarios, son unos carajitos insoportables con pendrive colgando del cuello. Pero ni siquiera han leído a Marx.
Cada vez que me acuerdo de esa escena me da arrechera. Mi hermana tiene razón, no me gusta confrontar situaciones, me provoca es huir. Pero la viejita se está muriendo y yo aquí, pensando pendejadas. Voy a tomar algo, tengo mucha sed. Sigo caminando., esta vez en bajada. Mis pasos me llevan al hotel Ávila. Recuerdo que una vez vine aquí, de niño. Me trajo mi viejo a conocer a Javier Solís. Él era fanático del cantante mexicano y ese día había llegado para unas presentaciones en Caracas. No sé cómo hizo mi viejo, pero logró colearse entre la nube de periodistas y fotógrafos, le estrechó la mano a Javier y me presentó. Solís me abrazó con cariño y me puso a su lado. Mi viejo estaba orgulloso, me sacó una foto con el cantante, que aún conservo. Yo tendría unos ocho años.
Entro al hotel y me acerco al comedor, que está cerca de la piscina. Los camareros están preparando las mesas para recibir a los comensales. Hay un bufet. Yo me acerco a la barra a tomar algo y me siento en una banqueta. Frente a mí están los licores. Whisky, ginebra, ron, vodka. La sed me atenaza la lengua como un alicate. Empiezo a sudar frío. ¿Por que estoy aquí? Mi padre murió de cirrosis hepática. Falleció en mis brazos. “No hay vida”, me dijo, antes de expirar, mirándome con ojos amarillentos. Del lado derecho de su cuerpo empezó a brotar una oleada roja que lo invadió por completo. Necesito ayuda. Empiezo a musitar: “Dios, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia”.
–¿Qué va a tomar el señor?
–Un refresco light, por favor.


Esta otra es la única en que salimos los tres, mi papá, mi mamá y yo. Yo tengo como tres meses y estoy en las piernas de mi padre. Él está en bata, recién salido de la cama, aunque peinado. Tiene los pómulos hundidos, o los ojos brotados, la fiebre destella en su mirada. Ya estaba enfermo. Lo que no sabía es que le quedaban días de vida. Nadie podía saberlo. En octubre de 1957 hubo una tragedia en Valencia: a causa de la mucha lluvia se produjo una riada que inundó la ciudad. El agua subió en algunos puntos hasta tres metros y más. Mi padre participó en labores de rescate, pues era buen nadador. Sin embargo se enfermó, neumonía primero, después se complicó: pleuresía, agua en los pulmones. No había penicilina. Franco se negó a declarar la emergencia en la zona a pesar de la petición de la Cruz Roja Internacional. Mi padre se consumió rápidamente. Yo tendría tres o cuatro meses cuando murió. Mi madre tenía 19 o 20 años. Nunca se recuperó del golpe. Se volvió una mujer amargada, fatalista, convencida de que la vida la había maltratado injustamente. Crecí siendo testigo de su resentimiento y a veces asumiendo como propio su pesimismo. Mi madre, esa mujer que agoniza sin saberlo en una cama de hospital, dejando tras de sí una vida azarosa sobrellevada como una pesada carga que no se atrevía a aligerar, o no sabía cómo hacerlo.


El doctor Barrera nos ha convocado en su consultorio, ubicado en el piso 10. A esa hora algunos pacientes esperan en la pequeña sala. Aún no es la hora de la consulta.  Tiene cara grave cuando nos recibe y nos invita a sentarnos, pero me lo imaginaba. Las noticias van de mal en peor.
–Debo serles franco. La señora ya tiene cinco días en coma y no ha mostrado síntomas de mejoría. Su situación es estable y podríamos mantenerla con vida por tiempo indefinido pero la pregunta es si vale la pena hacer ese esfuerzo sabiendo que si sale del shock, nunca estará como antes, sino en una situación vegetal, como ya les señalé. En estos casos la familia debe tomar una decisión.
–¿Pero no hay nada que se pueda hacer? No sé tal vez, en otro hospital –digo, aunque mi voz me suena ajena.
–Tenemos los mejores equipos técnicos y recursos humanos. No se trata de tecnología ni recursos.
–Sí, disculpe, no me refería a eso, sabemos que está bien atendida. Me refiero a si se ha hecho todo lo posible, si no queda ninguna otra alternativa médica.
–Le garantizo que hemos hecho todo lo humanamente posible. No sabemos cuánto tiempo estuvo en hipoglicemia, por lo tanto no conocemos la profundidad del daño cerebral. Por otra parte podríamos seguir manteniéndola con ventilación y nutrición endovenosa pero sería para ustedes un costo muy oneroso. Ya prácticamente han consumido la cobertura del seguro.
–¿O sea que nos está pidiendo que tomemos la decisión de desconectar a nuestra madre? ¿Es decir de matarla? ¡Qué bolas tienen los médicos! ¡Este es el colmo de la ineptitud! –gritó mi hermano saliendo del consultorio y dando un portazo.
–Discúlpelo, doctor. Mi hermano está muy estresado. Él era muy pegado con mamá.
–No se preocupe, lo entiendo perfectamente. Tal vez en su situación yo haría lo mismo. Ustedes deben hablar. Sé que no es fácil, es una decisión dura, pero tienen que tomarla.
–¿Ella sufriría, doctor?
–Para nada. Ya no está en capacidad de sufrir. Si ustedes están de acuerdo, simplemente se van a dormir a sus casas. Y esa noche, en un momento dado le retiramos los aparatos. Y mañana, cuando vengan, ya estará lista.
“¿Lista? ¿Lista para qué?”, pienso. La sensación de irrealidad crece por instantes. Ya no es sólo mi voz lo que siento ajeno, sino me siento toda yo como si me hubieran trasplantado el cerebro de otra persona. Mi cuerpo es una especie de hueco negro, ya no soy capaz de sentir nada, sólo este vacío que lo va llenando todo de oscuridad.
Salgo del consultorio como una zombi, alucinada. Siento que los pacientes me miran pero yo no deseo mirar a nadie. Mi hermano está en un rincón del pasillo, con la cara entre las manos. Me le acerco desde atrás. Le pongo una mano en el hombro. Nos abrazamos en silencio.


En esta otra sale mi padre con sobretodo caminando por las calles de una ciudad mediterránea (al fondo se ve un tranvía eléctrico), con cara feliz, radiante, como si se hubiese ganado la lotería. Con esa prenda parece un detective de novela, sólo le falta el sombrerito. La rompo también, como tantas otras, decenas, donde sale en todas las poses imaginables: en la playa mostrando los músculos, apoyado sobre un muro con aire de fanfarrón, en cuclillas acariciando la barriga de mi madre, nunca dibujando o pintando, que era su oficio. Pobre padre mío, tan joven, tan tonto, tan vital y tan narciso. ¿De qué otra manera se explica que se haya tomado tantas fotos? Una certeza me cruza la mente como una ráfaga: tal vez, precisamente, ante la cercanía de la muerte, para dejar testimonio de su precaria existencia, de la cual soy su mejor prueba, acaso para dejarme la opción de poder hacer esto ahora: romper centenares de fotos que van directamente a una bolsa plástica en una papelera. Fotos guardadas durante años por mi madre, imágenes de un ser que hace mucho dejó de existir, como aquellos machos de especies animales que perecen después de fecundar a la hembra, como si ese fuera su único objetivo en su breve vida.
–¿Sabes? Mamá me dijo que mi padre se suicidó.
Mi hermano me mira brevemente y vuelve la mirada a la autopista. Maneja hacia el litoral. Pasa un rato en silencio. Miro al asiento trasero. Está vacío salvo la pequeña caja de madera donde reposan las cenizas de mi madre.
–Fue una vez que la llevaba al médico. Le pregunté cómo había sido realmente la muerte de mi padre.
–Pero ella nos explicó muchas veces que murió durante la gran riada del año 57.
–Sí, pero de pronto me pareció que esa no era la verdad. Ella siempre me habló de mi padre como si hubiera sido una especie de héroe, un salvador de gente. Siempre me lo imaginé rescatando personas de los techos de las casas, en medio de una gran corriente de agua, poniendo incluso en peligro su vida para salvar a otros. Pero de pronto esa versión me pareció demasiado bonita como para ser verdad.
–¿Por qué tenía que mentirte?
–Me hice esa misma pregunta. Tal vez para que no me enterara de que su muerte fue por otras razones, por causas menos interesantes. Qué sé yo, como esas muertes estúpidas de personas que se resbalan con una concha de cambur y se fracturan el cráneo.
–Me parece que eres bastante enrollada.
–¿Tú nunca te hiciste preguntas sobre tu padre?
–¿Yo? Sí, claro. Especialmente cuando vi que había dos viudas en el velorio. Y cuando atendía llamadas de gente desconocida preguntando por él después de muerto.
–¿Y qué hiciste con esas dudas?
–¿Qué voy a hacer? Nada. No se le hacen preguntas a un muerto, los muertos no responden.
–¿Puedes vivir con eso?
–Hace años lo superé.
–Pues yo no lo había superado.
–¿Qué te dijo exactamente la viejita?
–Qué mi papá se había dejado morir.
–Pero eso no es lo mismo que decir: se suicidó.
–Bueno, es verdad, no me lo dijo directamente pero eso fue lo que entendí.
–No, ya va, eso fue lo que quisiste entender, que no es lo mismo.
–¿Tú crees?
–A ver, déjame recordar, eso lo vimos en un taller de autoayuda. Tú querías creer eso, que se suicidó, porque te ayudaba a reforzar una certeza previa que tú tienes. A veces hacemos versiones de la realidad y pretendemos darle más crédito a esas versiones que a la realidad misma, a los hechos. Eso lo hacemos porque creemos ganar algo, pero puede ser una ganancia negativa.
–Puede ser. Si yo pensara que mi padre se suicidó, reforzaría la idea de que no me quería tener. O sea, de que suicidó porque no quería ser padre en realidad.
–Ajá, por ahí va la cosa. Esa sería la ganancia negativa, creer que se mató para no asumir su paternidad. ¿Qué ganas con eso?
–Dolor.
Las lágrimas no me dejaban seguir hablando.


Tomo la bolsa con las cenizas de mi viejita. Me parece que aún están calientes. Camino hacia el mar, esquivando las piedras. Entro en el agua, fría, espumosa. Camino hasta hallar un poco de arena sobre la cual pararme. Estamos en una de las tantas playas nuevas que surgieron después del deslave. Las imágenes de la Tragedia de Vargas impactaron mucho a mi madre, pues ella vivió un tiempo en La Guaira, cuando vinieron de España.
Aquí no hay más nadie, estamos solo nosotros. Hace un bello día. Son como las once de la mañana, el sol está radiante en un cielo con pocas nubes. A lo lejos navega lentamente un peñero de pescadores, tal vez procedente de Macuto. Unas gaviotas vuelan alrededor. A mi vieja le hubiera gustado esto, pienso mientras desamarro la bolsa y empiezo a esparcir las cenizas, aprovechando el reflujo de la marea. El agua retrocede y se va llevando las cenizas. Pienso que el mar es, a la vez, una certeza y una interrogante. Certeza porque está ahí, siempre. Interrogante porque no sabemos qué hay debajo de la superficie, no podemos ver el fondo.
Ya he terminado de vaciar las cenizas. Mi vieja pidió que la cremaran pero nunca dijo qué hacer con las cenizas. Suponemos que estaría de acuerdo con esto porque ella nació a orillas del Mediterráneo. Todos los mares se conectan, son el mismo mar. Volteo. Ahí, sobre la arena, está mi hermana, con la cajita en las manos, los pies descalzos. Dice que en ella guardará las fotos que no rompió. Me saluda con una mano. Ya no llora.


                                                                                  Eloi Yagüe Jarque
                                                                                  Caracas, 2011
 (Cuento finalista del VIII Concurso de SACVEN)