domingo, 12 de febrero de 2012

“La imaginación siempre vuelve a la infancia”


El escritor Gustavo Díaz Solís 
fue uno de los mejores cuentistas venezolanos  

 Sus primeros cuentos los leímos en la Escuela de Periodismo de la UCV, de la que fue uno de los fundadores. Y algunos de ellos, a pesar de haber sido escritos hace más de cincuenta años, aún tienen algo que decirnos, acaso por el magnífico tratamiento del lenguaje con que fueron escritos, un lenguaje “oral, discreto, nítido” según José Balza. Monte Ávila Editores reeditó los “Cuentos Escogidos”, una buena oportunidad de acercarse a la obra de este narrador nacido en Güiria en 1920 y fallecio en Caracas en enero 2012, y obsesionado con la infancia y el paisaje.

ELOI YAGÜE JARQUE / Economía Hoy / Caracas, 12 junio 1998

Gustavo Díaz Solís se pregunta qué leen los muchachos de hoy. Fue fácil encontrarlo en la Facultad de Humanidades de la UCV, lo difícil fue hallar asiento. Ya los viejos cafetines no existen. Ahora hay sólo lugares sin mesas ni sillas donde todos comen o beben de pie, deprisa. Es raro sentarse a observar todos estos jóvenes muy apurados cuando uno no tiene prisa. Y Díaz Solís, a sus 78 años, tiene menos prisa que nadie. Gabriel Jiménez Emán, quien hizo recientemente la presentación de sus Cuentos Escogidos, en emotivo acto celebrado en el Teatro Teresa Carreño, advirtió su porte de lord inglés, su caballerosidad y su tendencia a la discreción, por lo que íbamos a este encuentro con la previsión de encontrarnos a un entrevistado difícil, de poca habla. Pero no fue así; sentados en un banco de madera, bajo la sombra de un árbol, en una UCV bulliciosa y activa, Díaz Solís tuvo tiempo de rememorar –eso sí, en voz baja y pausada– su infancia y su relación con la naturaleza, ambas tan presentes en su literatura, y hasta de hablar de qué lo motivó a escribir esos cuentos hoy imprescindibles en el panorama de la narrativa venezolana contemporánea.

–Sus cuentos, releídos una y otra vez, me producen siempre una sensación de frescura, de cosa nueva.
–Yo he tenido mucha suerte porque hay cuentos –como Arco secreto que cumplió cincuenta años el año pasado–, con los que –según me dicen–, se identifican escritores jóvenes, como concepción y como factura. Eso ha sido para mí una gran fortuna porque anular el tiempo es un mito.
–Hay en muchos de sus relatos una suerte de nostalgia de la infancia.
–En algún caso son como retratos de cuando fui niño y otras veces son composiciones, ni siquiera muy deliberadas o experimentadas sino en la imaginación, catalizadas por algún hecho como es el caso de El niño y el mar, donde hay una fusión del yo niño frente a una playa donde la bajamar se retiraba, y mi propio hijo en el año 49 o 50, cuando íbamos a la playa y él buscaba cangrejitos. Ese cangrejo extraordinario que se asoma de pronto y alza las macanas es evidentemente una elaboración literaria, pero como tal tiene una raíz primordial en la realidad. Esos enormes cangrejos de concha azul que uno vio y cazó siendo niño en oriente o en los cacaotales de Barlovento. Es más, pienso que con el tiempo los cuentos donde hay más objetivización de la realidad, son aquellos donde hay más paisaje, no inerte propiamente, pero paisaje de mural. En un texto como Llueve sobre el mar o cuentos como Cachalo, uno puede observar un regreso y una interiorización y una como dependencia de la vivencia personal de infancia. A mí, cuando se me ocurre a veces pensar en cuentos, noto que la dirección en que va la imaginación es hacia la infancia, la adolescencia, la primera juventud, los días de colegio. Esas son las cosas que me interesan, aunque no las consigne por escrito. El mundo social u objetivo me interesa mucho, pero no para la literatura.
–Será quizás porque su infancia fue feliz.
–Intrínsecamente la infancia y la adolescencia son épocas felices. En la infancia la felicidad está en el descubrimiento, en el asombro ante la vida e ir como abriendo puertas. Cuando uno ve a la gente mayor de la época, esa gente que ya pasó por esas puertas y uno los ve lejos, como al fondo de un largo corredor al que uno va metiéndose, explorando, tanteando. Y eso es la felicidad de la infancia y adolescencia, pero a veces son experiencias ásperas, donde hay tropiezos, hay golpes, hay sufrimientos muy característicos que provienen también de la impotencia de rebelarse. Esa condición de felicidad se pierde con los años. De adultos la felicidad puede venir por otras causas, tal vez externas. Mi infancia no fue idílica, quizá sea más feliz recordándola, porque los colegios de esa época en general eran muy atrasados. Yo fui a colegios donde se sufría mucho. Los castigos eran fuertes. Mi época de niño fue de palmeta, de correa en casa, de castigos, a veces increíbles, como que lo metieran a uno en un calabozo. Si uno cometía alguna falta como jubilarse del aula, responderle mal al maestro, hablar en clase, podían meterlo a uno en un calabozo de reja y candado. Esas cosas dejan huella. Las injusticias tienen el desahogo de la rebelión, y a veces la rebelión tiene éxito, entonces hay una liberación. El deseo de libertad en el niño y en el adolescente es ilimitado, cualquier limitación es ya una opresión. El pecado era inminente y cualquier contacto con el sexo era pecado. Entonces el castigo también era inminente. No había cosa que horrorizara más a los adultos que el sexo, cualquier cosa que tuviera que ver con el sexo era diabólica. La diferencia es que ahora se ha ido esclareciendo y civilizando el trato con el niño, y en ese sentido imagino que los niños y adolescentes de hoy, a pesar de todas las carencias y frustraciones que puedan tener, son menos infelices. Curiosamente yo como adolescente encontré más comprensión, más sentido pedagógico y una forma más inteligente de manejar a la juventud en el colegio san Ignacio de los jesuitas. Siempre lo recuerdo porque viniendo de un mundo muy áspero, muy injusto de los colegios laicos de la época, encontré ahí una comprensión, una sensibilidad para la juventud.
–La presencia de la naturaleza es muy poderosa en sus cuentos, hasta el punto de que en algunos, como en Ophidia, los animales llegan a protagonizar  e incluso a narrar la historia. ¿A qué se debe ese amor por la naturaleza?
–Era una circunstancia natural por la familia. Mi familia toda es de Güiria, o de Oriente (mi abuela materna era cumanesa), eran gente de pueblo vinculada, como propietarios o comerciantes, a las haciendas que rodeaban los pueblos. En el cuento Velando los pensamientos desatados, yo abro un panorama idealizado de esa circunstancia natural de mi familia que eran las haciendas de cacao que quedan hacia la cordillera del Golfo de Paria, y las de coco a orillas del mar, en las ensenadas del mismo golfo. En vacaciones siempre había un sitio de campo adonde ir, y ahí empezó ese gusto. Mi propio padre era un hacendado curioso, porque él fue de esos muchachos de pueblo que quisieron sus padres que estudiara y lo mandaron a Caracas a estudiar bachillerato. Se hizo abogado pero siempre conservó un deseo de ser propietario, una nostalgia de trabajar la tierra. Ya cuando tuvo posibilidad de adquirir alguna pequeña hacienda, hizo experimentos de modernización. Él se preciaba mucho de haber sembrado matas de coco con sus propias manos y verlas florecidas después de diez o doce años. Aunque estuviéramos en el sitio más urbano, había siempre en la familia un tema de fondo perenne: el campo y las haciendas. Posteriormente compró un terreno en Turmerito, e hizo la casa de campo que aparece en Cachalo: “La casa estaba sobre la colina y por debajo iba el río y era verde y transparente…”. Ese río que pasaba por Turmerito y por la hacienda Tazón de El Valle y caía en el Guaire, fue cegado por las obras de La Mariposa. Ya no existe.
Gustavo Díaz Solís recuerda que cuando era estudiante de Derecho entró en un grupo al que le gustaba mucho la cacería y la pesca. Los recuerda como unos años maravillosos, pues iban a los llanos del Guárico, a Apure en semana Santa, a pescar cerca de Choroní o a Barlovento.
–La naturaleza siempre estuvo presente. Con los años me he ido alejando pero fue algo que nunca pensé que pudiera estar ausente de mi vida. Y aunque las motivaciones fueran muy variadas, como simplemente pasar un fin de semana en la playa, fueron momentos importantes que se grabaron en la imaginación como vivencias significativas.


1 comentarios:

Jose Ramon Santana Vazquez dijo...

...traigo
sangre
de
la
tarde
herida
en
la
mano
y
una
vela
de
mi
corazón
para
invitarte
y
darte
este
alma
que
viene
para
compartir
contigo
tu
bello
blog
con
un
ramillete
de
oro
y
claveles
dentro...


desde mis
HORAS ROTAS
Y AULA DE PAZ


COMPARTIENDO ILUSION
ELOI

CON saludos de la luna al
reflejarse en el mar de la
poesía...




ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE SIÉNTEME DE CRIADAS Y SEÑORAS, FLOR DE PASCUA ENEMIGOS PUBLICOS HÁLITO DESAYUNO CON DIAMANTES TIFÓN PULP FICTION, ESTALLIDO MAMMA MIA, TOQUE DE CANELA, STAR WARS,

José
Ramón...